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A pesar de que creo en la existencia del Diablo y, de hecho, estoy pasando por un período en el que me siento puesto a prueba, no puedo menos que escandalizarme un poco ante lo que a mi me parecen exageraciones mayúsculas por parte de algunos hermanos en la fe. Hace ya varios años, encabezaba esa lista de exageraciones el tema de las posesiones diabólicas: al parecer, las había por todas partes, hecho extraño si se tiene en cuenta que la postura oficial de la Iglesia es que las hay, pero que son rarísimas, y que la Iglesia autoriza que se lleven a cabo exorcismos sólo cuando la ciencia médica no encuentra explicaciones a aparentes desórdenes sicológicos y llega a la conclusión de que posiblemente no haya tales, sino una posesión demoníaca. Incluso sobre la veracidad de El exorcista y El exorcismo de Emily Rose, sonados éxitos de Hollywood presentados como casos reales, planean serias dudas, sobre todo en el caso del primero. Yo puedo escribir un cuento sobre un hombre que luego de cruzar una calle adquiere mágicamente poderes sobrehumanos y detiene él solito una invasión de malvados extraterrestres, y decir que la historia se inspira en hechos reales porque, aunque no lo crean, ¡ayer vi a un hombre que cruzaba la calle!... Esas son las inspiraciones del cine norteamericano, y más vale dudar de la veracidad de los carteles que al principio de una película anuncian que lo que va a verse acto seguido se basa en hechos reales. Ni cuando lo sobrenatural no figura en la trama es confiable Hollywood (Amadeus tiene poco que ver con la verdadera vida de Mozart); ¿y vamos a creerle cuando la trama huele rara?... Pero se crea lo que se crea al respecto, hace unos años los supuestos exorcismos pululaban, y digo supuestos porque, encima, ni siquiera me constaba que se hubiesen efectuado, pero siempre aparecía alguien diciendo tener noticia de que se había realizado uno aquí y otro diciendo que se había hecho otro más allá. ¡En vista de que, según la Iglesia, se trata de un fenómeno rarísimo, esta aparente epidemia de posesiones diabólicas es muy sorprendente! Ignoro si siguen proliferando los rumores sobre posesiones diabólicas, pero sí siguen estando muy a la orden del día los maleficios. Si siempre pierdo el colectivo es porque me hicieron un maleficio. Si no tengo el trabajo que desearía, me hicieron un maleficio. Si tengo problemas familiares, me hicieron un maleficio. Si se me murió el gato, me hicieron un maleficio. Humilde pregunta: aunque me hubieran hecho un maleficio... ¿Y qué? En definitiva, más tarde o más temprano, como a cualquier cristiano y hasta a algún no cristiano, me va a tocar hacer el papel de Job sobre el cual se acumularán desgracia sobre desgracia; así que, ¿qué importa si ello ocurre porque me hicieron un maleficio u ochenta o si simplemente Satanás, como en el Libro de Job, se presentó ante Dios y objetó un tanto la calidad y consistencia de mi fe? Y encima, si en cuanto empiezan las tribulaciones me desmorono, lamentablemente y muy a mi pesar estaré dándole la razón. Pero encima, con no poca frecuencia es tremebundamente obvio que no hay maleficio alguno; que pierdo el colectivo porque me rezago más de la cuenta en casa, que no tengo el trabajo que desearía porque no busco otro o porque soy demasiado exigente con mis pretensiones, y así sucesivamente. La verdad es que por lo general al Diablo le damos muy poco trabajo. El llama a nuestra puerta, pero nosotros le abrimos, le ponemos una alfombra roja ante su paso y lo instalamos allí donde esté más cómodo; él siembra mala semilla, pero nosotros abonamos y regamos la tierra y cuidamos primorosamente las plantitas a medida que van naciendo y creciendo. Y luego, por supuesto, ¡la culpa de todo la tiene el Diablo!... Si vamos a un sicólogo o siquiatra, explicamos toda la situación y acto seguido nos encierran en el manicomio más próximo, mejor ni nos quejemos. Porque encima, la gran paradoja es que vivimos perorando acerca del poder de Dios, que Cristo echa fuera los demonios, etc., etc., etc., y luego quedamos hechos una piltrafa inenarrable en cuanto la tribulación nos roza. Seamos coherentes. No ofrezcamos esa triste imagen de víctimas de delirio persecutorio. ¿Por qué a mí?, solemos preguntarnos cuando nos acontece alguna desgracia; pero cuando en cambio nos toca una situación dichosa, no nos hacemos la misma pregunta; lo encontramos normal, como si lo mereciéramos. Pero, ¿la merecemos más que cualquier otro ser humano? ¿Y por qué no preguntarnos Por qué no a mí, si después de todo, sólo una muy mínima parte del sufrimiento que hay sobre la Tierra nos toca en suerte, si de muchas grandes desgracias que les tocaron a otras personas nos hemos salvado, si no somos más ni menos que otras personas y si, en definitiva, lo tendremos siempre a Dios consolándonos y pronto a inundarnos de felicidad en el momento que menos lo esperemos y, tal vez, incluso cuando menos motivos tengamos para sentirnos felices? ¿Por qué no hacer de Dios nuestra fuerza ante la adversidad, por qué no mirar a la desgracia con gesto desafiante? ¿Por qué esa insistencia siempre en hablar tanto del Diablo y los maleficios cada vez que tambalea nuestro mundo personal, como si nuestra vida fuera la más barata de las películas de terror, y tan poco del apoyo que Cristo nunca deja de brindarnos? Si viéramos los hechos desde un ángulo más positivo, tendríamos en cuenta que, lo vemos en el Libro de Job, ningún mal puede causar el Diablo sin previo permiso del Todopoderoso, lo que lo degrada al primero a la vulgar categoría de pinche, de simple ejecutor de la voluntad divina; es decir exactamente lo que fue antes de rebelarse, con la diferencia de que ahora se encarga de un trabajo sucio que existe porque él mismo lo quiso. Por lo demás, no le queda más remedio que seguir haciendo lo que Dios le mande o le permita. Entonces, a la hora de la tribulación, podríamos reflexionar que, después de todo, nada menos que el Soberano del Cielo y de la Tierra se dignó posar su mirada sobre nosotros y concluyó que no somos tan inútiles como nosotros mismos tendemos a creernos; que nos evaluó atentamente y nos juzgó aptos para sobrellevar airosamente una serie de pruebas acordadas previamente con el Maligno. Podríamos ver toda esta situación como un honor que nos hace y tratar de estar a la altura de la situación... Pero, ¡qué va! En lugar de sentirnos agraciados por una deferencia de nuestro Señor, preferimos más bien centrar nuestra atención en ese empleaducho de baja estofa, el Diablo, y lloriquear acerca de cuán malo es con nosotros. Y así seguimos inflándole ese enorme ego suyo hasta que Dios se lo desinfle de un cachetazo. La verdad, si nos ligáramos otro, merecidos lo tendríamos por hacerle el caldo gordo a semejante personaje haciendo tanto escombro porque, según nosotros, nos han hecho un maleficio aquí y otro más allá. Jesús pudo tener miedo cuando sabía que pronto lo vendrían a buscar para arrestarlo, pudo pedir a Dios que le ahorrara todo el sufrimiento que le venía encima -aunque agregó: Hágase tu voluntad y no la mía-, tuvo muy en cuenta quién estaba detrás de sus próximas penurias, pero, Dios mío, ¡no se puso a gemir que le habían hecho un maleficio y que por eso ahora todo le saldría mal! Mal que nos pese, el Diablo tiene su lugar en nuestras vidas. Intentemos que ese lugar sea una cucha de perro y no una alcoba de huéspedes desde donde pueda tiranizar nuestras mentes a su antojo sin mover un solo dedo. Intentemos que abatirnos le cueste trabajo en vez de nosotros mismos tirarnos al suelo. |