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A comienzos de la semana siguiente Débora hizo las paces con Fabio cuando éste se acordó de ella y decidió de nuevo halagarla con la inimitable visión de su agraciada persona. Antes de juzgarla con dureza conviene tener en cuenta que había luchado mucho consigo misma para no humillarse yendo a casa de él para pedirle perdón por culpas inexistentes con tal de sentirse querida de nuevo por un hombre; que los recuerdos del casi ilusorio tiempo en que las cosas habían estado bien entre ambos la atormentaban pidiéndole a gritos que dejara su orgullo de lado; y que si finalmente hizo a un lado esa razonable cuota de amor propio que le impide dejarse maltratar sin causa razonable, fue porque para contenerse había incluso reincidido en la droga, si bien en dosis pequeñas. También había aumentado su ingesta de alcohol, y mejor ni hablar el de cigarrillos. En una caricatura que por ese tiempo dibujó de ella un muchacho del barrio y que todavía conserva Lucy (no sé cómo fue a parar a sus manos) se la muestra sosteniendo entre los dedos de su diestra tres cigarrillos encendidos. Ahora que todo pasó, uno se ríe, pero era trágico cuando estaba sucediendo. La propia Débora se espantó al ver que su vida iba de nuevo irremisiblemente cuesta abajo, y se dio cuenta de que sus nervios iban a distenderse de manera notable si al menos tenía otra vez a su lado a Fabio para vivir una ficción de amor y noviazgo, aunque nada tuviera que ver con la realidad. Esto último ella lo sabía, pero decidió ni pensar en ello. Era tan adicta a Fabio como al cigarrillo y al alcohol. Por desgracia, no logró disminuir el alcohol y el cigarrillo hasta sus niveles anteriores, aunque decreció de todos modos. Sin embargo, fue demasiado tarde para que Débora pudiera conservar su empleo. Dos veces tuvo que faltar por hallarse todavía bajo la resaca de una embriaguez inenarrable, y se le advirtió que no se le toleraría una tercera ausencia injustificada; lo que coincidió aproximadamente con su reconciliación con Fabio. Tal vez fue justamente esa amenaza lo que forzó la reconciliación. Ahora bien, el miércoles de aquella semana, yendo a su trabajo, Débora vio con horror que una vecina del barrio, madre de dos nenas de las cuales la mayor no tenía más que nueve años y que volvía de hacer compras, tenía el rostro hinchado y un ojo azul. Por haber visto antes cosas así supo qué había ocurrido, pero el hecho de saber que el marido de aquella mujer era un individuo de lo más desagradable no preparó a Débora para ver algo así, tal vez porque no sabía que lo fuera hasta ese grado. -Lola, por Dios, esto es demasiado, ¿hasta cuándo vas a seguir aguantando a ese bestia?-bramó Débora, ya desde lejos, sin esperar siquiera a decir Buenos días. Lola alzó la vista y se esforzó por sonreír, pero ese gesto no convencía a nadie. Era forzado, y un simple barniz que ocultaba una amargura inenarrable; sin contar que para ver esa burda parodia de sonrisa había que hacer a un lado un rostro golpeado casi hasta la deformidad. -Esta vez fue culpa mía. No tengo derecho a quejarme-dijo, y bajó de nuevo la mirada. -Lola, ¿qué pudiste haber hecho para que ese hijo de puta te ponga así?-preguntó Débora, casi a gritos, desbordada de indignación-. ¿Te pegó otras veces antes? -Nada más lo normal, cuando lo merecía-contestó Lola, y el mentón le temblaba. -¿Y cuándo lo merecías?-preguntó Débora; y no se sabía si su rabia era contra el marido de Lola por golpear a su mujer, o contra la propia Lola, por tratar de justificar a semejante puerco. -A veces me quedo conversando con alguien, no me doy cuenta, se pasa el tiempo... -Lola, no jodas, ¡eso no justifica que él te ponga siquiera un dedo encima! ¡Y nada lo justifica!-gritó Débora, exasperada-. Escuchame: yo ahora no puedo, tengo que ir a trabajar. Pero pasado mañana tengo franco... Vaciló. Por un segundo se le ocurrió que nada le garantizaba que antes de dos días Lola no recibiera de nuevo una soberana paliza, la última de su vida, la que acabara con ella. Pero si faltaba de nuevo sin justificación, la iban a despedir. Pero es por una buena causa, pensó. No es como si me hubiera emborrachado. A esta mujer ese animal que tiene por marido la va a matar algún día si alguien no hace algo. Walter me va a entender. Si hay un Dios en el Cielo, tiene que ayudarme por lo menos en esto. -Lola, no podemos esperar: tenemos que hacerlo ya-dijo. -¿Hacer qué?-preguntó Lola, con miedo. -A tu marido le vamos a hacer una denuncia en la policía. Y después te vas a casa de quien sea, con tus hijas. -No puedo-dijo Lola, y las lágrimas le salieron en silencio-. El tiene razón. Además, ¿qué haría sola? -Lola, yo ya conocí antes mujeres como vos. A todas, sus maridos les decían que eran todas unas inútiles, que no servían para nada y muchas cosas por el estilo, y ninguna de ellas era cierta, pero esas mujeres creían que sí. Se dejaban golpear, y todas, igual que vos, en algún momento pensaron que eso estaba bien; que las equivocadas eran ellas. Yo juré que si algún tipo trataba alguna vez de ponerme la mano encima, le partía la cabeza. Mi novio será un idiota y yo soy todavía más idiota por aguantarlo, pero él nunca haría algo así. Vas a irte de tu casa ya mismo, con tus hijas. Vas a estar mejor sola o con tus padres o hermanos que acá. Cuando estés repuesta, pensalo muy bien antes de juntarte con otro hombre, y en el momento en que él alce la mano, mandate a mudar de nuevo. -Gracias, pero no, no puedo-insistió Lola, llorando y tratando de sonreír a través del llanto. -Lola, o me hacés caso, o te llevo a patadas hasta donde tenga que llevarte, que va a ser mejor eso y no que termines muerta por no darme bola. Imaginate si tus hijas quedaran solas con tu marido. Van a crecer pensando que es normal que un hombre cague a palos a su esposa hasta matarla... Porque capaz que hasta quedaría libre en seguida en vez de pudrirse en la cárcel como merecería. Así es la justicia en este país. Tengo que hacer una llamada por teléfono; la hago, y voy a tu casa-dijo Débora. Lola asintió y se despidió de Débora, creyendo probablemente que no volvería a verla. Débora entonces fue a un locutorio telefónico y llamó al restaurante en el que trabajaba como mesera. La atendió el cocinero, que siempre llegaba antes que nadie. Débora preguntó entonces por Walter, su jefe; y al enterarse de que no había llegado aún, expuso lo que estaba sucediendo. -No sé, Débora-contestó el cocinero-. A Walter no va a gustarle nada esto. Sí, ya sé que no estás borracha, se te nota en la voz. De todos modos, te digo que va a querer matarte. No es buen momento para que hagas de samaritana. No es asunto tuyo... Sí, ya sé, ya me lo dijiste... Pero es una mina golpeada entre muchas otras minas golpeadas, ¡qué se le va a hacer! Walter no es como parece, es un tipo que de frente pone buena cara y después te clava el cuchillo por la espalda. Débora dudó una vez más. Pensó en Lucy, en lo segura que estaba de sus creencias (en realidad, por aquel tiempo Lucy estaba cuestionando mucho su fe, pero Débora esto lo ignoraba) y decidió arriesgarse. Me estoy jugando por otros. Dios esta vez me tiene que ayudar, aunque en otras cosas nunca me haya ayudado, pensó. -Tengo que hacerlo. Explicale a Walter, pedile de mi parte que entienda; yo después hablo con él-dijo, y tras despedirse, colgó de nuevo. Del locutorio, Débora fue a ver a Lola, y luego de grandes esfuerzos logró sonsacarle que sus padres vivían en Tucumán. También obtuvo el número telefónico de un vecino de ellos; de modo que previo paso por el banco para retirar el escaso dinero que le quedaba del sueldo anterior, volvió al locutorio y llamó en primer lugar a ese número. Esperemos que la reciban con ellos, pensó; porque de repente se le ocurría que tal vez a los parientes de Lola les diera lo mismo la suerte que corriera ésta. Para comenzar, los padres no tenían teléfono propio, así que debían ser bastante pobres. La mujer que atendió del otro lado del teléfono escuchó a Débora y le dijo que llamara de nuevo en cinco minutos, tiempo que tardaría en ir a casa de los padres de Lola para traerlos hasta el aparato. Cuando Débora volvió a llamar, atendió Don Pedro, el papá de Lola. Al menos el primer temor de Débora no se concretó: Don Pedro manifestó extrañeza e indignación por las cosas que estaba oyendo de su yerno. No, dijo: Lola hacía mucho que no hablaba con ellos ni le mandaba cartas, y nunca había contado nada semejante a aquello. Por supuesto que Don Pedro y su mujer estaban de acuerdo en recibir en su hogar a su hija y sus nietas ya mismo: no había mucho lugar, dijo, pero se arreglarían como pudieran, y lo mismo con la comida. Solucionado aquel problema, Débora llamó a distintas empresas de ómnibus preguntando precios por tres pasajes a Tucumán. Se alarmó al oir las cifras y darse cuenta de que tenía dinero para sólo poco más de un boleto, pero ya estaba demasiado metida en ese asunto, de modo que llamó a casa de Lucy y habló con el padre de éste. Le explicó la situación, y le preguntó si no sería posible que él comprara los tres pasajes con su tarjeta de crédito; ella le devolvería luego el dinero. El señor Alvarez aceptó, pero aquello no venía en muy buen momento. -Débora tal vez tenga ahora la intención de darnos más adelante la plata de los pasajes-dijo a su mujer-. Que lo haga cuando tenga ya esa plata en mano es otro tema. -Pero si es cierto lo que dice, dejar a Lola así, abandonada a su suerte...-objetó su mujer. -Ya sé, por eso acepté. Pero creo que voy a comprarlos en cuotas; no nos va a dar el cuero para pagar tres pasajes de una vez, teniendo ya muchas compras hechas con la tarjeta de crédito. Y a Débora le voy a insistir para que, cuando cobre, se acuerde de que prometió darme la plata. En todo caso, de lo que Débora me dé, sin que ella se entere, le puedo dar la mitad a Doña Elvira... Porque si se la dejo a Débora, se la va a gastar en vicios. Eso sí, me alegra que por fin esté ocupando sus energías en algo que merezca la pena en vez de andar lloriqueando por el pánfilo de su novio. El señor Alvarez compró los pasajes a través de Internet con su tarjeta de crédito. Unas horas más tarde, Débora volvió a llamar: -¿Señor Alvarez?... Débora habla. Sí, recién hicimos la denuncia en la Comisaría de la Mujer. Ahora vamos para allá. ¿Pudo comprar los pasajes? -Sí, Débora, pero hubo un problema-dijo el señor Alvarez-: no quedaban más pasajes para hoy, ¿sabés? Tuve que comprarlos para mañana. Mirá, me parece que va a ser mejor que Lola y las nenas no duerman en su casa esta noche, por las dudas. No sé si arrestarán a Beto, pero no hay que confiarse. Que vengan para acá, que tenemos las camas donde dormían Cecilia y Estefanía: ahí acomodamos a dos y ya veremos qué hacemos con la tercera. Creo que Lucy no va a tener problemas en dormir en el sofá por una noche y dejarle la cama a la tercera. Débora convino en que era una buena idea, de modo que fue a acompañar a Lola y sus dos hijas a la casa de los Alvarez. -Ahora tengo que ver cómo arreglo en mi trabajo, ¡qué quilombo, qué quilombo!-se lamentó Débora, una vez allá. -Llamá después, contando cómo te fue-pidió el señor Alvarez. Lucy estaba presente, pero ella y Débora casi no intercambiaron palabra, salvo para saludarse. La última vez que se habían visto, él encuentro fue todo, menos risueño. Nunca se supo exactamente en qué consistió el diálogo, pero Débora, en términos duros, había dejado en claro que no quería que Lucy se entrometiera en su vida ni aun para tratar de ayudar. Seguidamente, parece que hizo una descripción del mundo tal como ella lo veía entonces y basándose en cosas que ella misma había vivido o visto en algún momento, preguntando a Lucy si de verdad le parecía, oyendo eso, que Dios podía existir y ser, como supuestamente era, un Padre bondadoso. Debió ser de verdad horrible lo que dijo, porque la fe de Lucy, sólida hasta aquel momento, había entrado en crisis. Era eso lo que Lucy, aunque fingiera que no pasaba nada, no podía perdonarle a Débora: que se hubiera burlado tan cruelmente de cosas para ella tan importantes, tan sagradas. Decidió que algo tenía que decirle antes de que se retirara, insultos aunque más no fuese; de modo que, cuando Débora se iba, Lucy la acompañó hasta la puerta. -Hubieras dejado que Lola manejara sola sus problemas-dijo sombríamente. -Oh, ¡por favor!...-exclamó Débora, impaciente-. Ese animal la hubiera matado, ¿no ves cómo la dejó? -¿Y? Cada uno se mata como quiere. En tu caso, con alcohol y cigarrillos; ella, dejando que su esposo la golpee-gruñó Lucy, hostil. -Perdoname, ya sé que te traté mal...-murmuró Débora-. Pero de veras, es al pedo que te metas a tratar de arreglar mi vida, que de todos modos no vale nada. Lucy no contestó; prefería dejar las cosas así. En lo que no podía resignarse era en lo concerniente a su fe. Dame, por favor, una muestra de que estás conmigo, como siempre creí que estabas, rezó. Y se quedó pensando cuál podría ser esa prueba. Que no la echen del trabajo. Que a Débora no la echen del trabajo, Señor, por favor. Walter estaba presente cuando Débora fue personalmente a explicar una vez más lo sucedido. No se dejó conmover. Estuvo antipático y burlón. -Así que a esa vecina tuya la golpeó su marido-dijo-. Y decime, ¿de qué trabajás ahora, de defensora de pobres y ausentes? Si trabajás de eso, será en otra parte; acá no. -Walter, por favor. Necesito el trabajo-suplicó Débora, que nunca suplicaba a nadie. -Lo hubieras pensado antes, querida. Lo hubieras pensado antes de chupar hasta no saber ni cómo te llamabas del pedo que tenías; lo hubieras pensado antes de dejarte conmover por el primer perro que pasa. Está dura la calle, ¿eh? Acordate la próxima vez que tengas ideas raras... Y la próxima vez que tengas trabajo, claro. En otras circunstancias, Débora se hubiera enfurecido, pero estaba cansada y triste, y se dio por vencida. Emprendió la vuelta a la casa de Doña Elvira. Muchas gracias, pensó sarcásticamente, dirigiéndose al Dios en el que decía no creer, pero al que en realidad odiaba con toda su alma por todos los males que permitía en el mundo. Ultima vez que hago de Madre teresa, de ahora en más voy a ser más mala que la mierda. Se ve que así te gusta que sea la gente. Paró en otro locutorio y avisó al señor Alvarez que la habían despedido antes de seguir su camino. Era ya muy tarde, estaba oscuro; aun así, faltando una corta distancia para llegar a casa de Doña Elvira vio algo que hacía tiempo no veía, y que la sobresaltó. En la vereda, contra un poste de luz, Dieguito estaba aspirando pegamento provisto de la correspondiente bolsa. Débora no esperaba eso, porque Dieguito no solía estar en esa zona. De hecho, al dejar los estudios, Débora se había alegrado de que ya no tendría que verlo nunca más aspirar pegamento, porque no tendría razones para pasar cerca de la escuela a la hora en que él acostumbraba entregarse a su pernicioso hábito. Evidentemente, algo lo había obligado a mudarse a otra parte para aspirar pegamento. De ningún modo iba a pasar frente a él. Sólo eso faltaba, ver aquellos ojos tristes, ojos de miseria infantil que acentuaban su eterna sensación de que el mundo era sólo un enorme montón de basura. Decidió entonces dar un rodeo. Pero cuando luego de caminar y caminar para ir por otro camino volvió a enfilar directo hacia la casa de Doña Elvira, sufrió otro sacudón. Dieguito estaba en la esquina siguiente, perfectamente reconocible bajo la luz de un farol, aspirando pegamento. Pero era imposible que hubiera adivinado el camino que ella tomaría, y además, ¿por qué razón estaría al acecho del lugar por el que ella pasaría, esperándola para que ella lo viera? A Débora se le ocurría sólo una explicación: el primer chico al que ella había visto debía ser otro. Al fin y al cabo, no era fácil distinguir perfectamente estando tan oscuro. Débora dio de nuevo un amplio rodeo. Falta nada más que de nuevo esté Dieguito por acá, pensó, sonriendo amargamente, cuando de nuevo iba derecho a lo de Doña Elvira. Suspiró, pensando que ello ya no podría suceder, que tanta coincidencia era imposible... Pero entonces, increíblemente, vio más adelante la figura de un chico que aspiraba pegamento, con las espaldas pegadas a un árbol. ¿Por qué no me dejan en paz?, pensó, entre la rabia y la zozobra. Ya no tenía imaginación a la que recurrir en busca de nuevos caminos que la llevaran a la casa de Doña Elvira, de modo que siguió adelante, caminando rápido como si no huyera de un niño inocente e inofensivo, sino del mismo Diablo. Miró de reojo al pasar adonde había visto al chico aspirando pegamento, pero no estaba allí, ni tampoco más adelante; tal vez ya lo hubiera dejado atrás sin darse cuenta, o quizás los nervios le habían jugado una mala pasada. Débora y Doña Elvira habían tenido muchas y muy duras querellas recientemente, y pensaba la primera que aquella noche sobrevendría una más; pero no fue así. Doña Elvira no pareció conceder importancia al hecho de que Débora hubiese quedado desempleada. -Ya nos vamos a arreglar, m'hija, no se preocupe. Eso sí, póngase ya mismo a buscar trabajo-dijo la vieja. -¿No estás enojada?-preguntó Débora, estupefacta. -Lo que usted hizo hoy fue una obra de bien. No hay de qué enojarse-contestó Doña Elvira. Y quién sabe, a lo mejor Tata Dios la dejó sin trabajo para que no tenga con qué pagarse sus vicios, pensó tal vez, filosóficamente. Y al día siguiente, Lola y sus dos hijas partieron hacia la ciudad de Tucumán. La vida de las tres, desde entonces, no fue fácil, tuvo muchos vaivenes; pero Lola admite hoy que es un auténtico Paraíso comparado con lo que dejaron atrás. |