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El siguiente sábado, poco después del atardecer, el señor Alvarez fue al sanitario. Media hora después, todavía seguía allí. -Ya va, ya va-contestó, sentado en el inodoro, cuando alguien golpeó la puerta. -Pero querido, ¿estás descompuesto?-preguntó la voz de su esposa, del otro lado. -Algo así-respondió el señor Alvarez, poniéndose de pie-. Ya salgo. Muchos años de convivir con su media naranja habían enseñado a la señora de Alvarez a entender el lenguaje de su cónyuge. Me duele mucho hubiera significado que se hallaba casi agonizante; Me duele un poco, sí, que le dolía mucho; Casi nada, que dolía un poco. Todas estas respuestas tan personales no tenían más que un solo objeto, demorar una visita al médico, trámite que el señor Alvarez rehuía como un vampiro a la luz del sol. Para su desgracia, su esposa ya no se dejaba engañar, y luego de dos o tres sustos padecidos por interpretar al pie de las letra aquellas engañosas respuestas, había aprendido a interpretarlas, y sabía que Me duele mucho y Me duele un poquito, sí requerían llevar al señor Alvarez al médico aunque más no fuera a la rastra. Ahora bien, Algo así había sido un poco más difícil de interpretar; pero ahora sabía la señora de Alvarez que por lo general, a lo único que se refería tan ambigua, enigmática expresión, era a que su marido estaba leyendo en el baño un libro muy apasionante y no quería largarlo hasta terminar al menos el capítulo que lo tenía tan atrapado. -Querido, ¡no pretenderás que me haga pis encima, supongo, solamente porque estás usando el baño de biblioteca!...-exclamó la sufrida esposa. Y en ese momento se abrió la puerta del sanitario y se asomó la cara ceñuda e indignada del señor Alvarez. -¡No estoy usando el baño de biblioteca!... ¡No estoy usando el baño de biblioteca!...-exclamó impaciente, dejando libre el paso a su mujer, con la expresión del hombre más honorable del mundo que es objeto de la más vil de las calumnias-. ¡Estas mujeres!... -Dentro de una hora te voy a preguntar si te duele el estómago-contestó la señora de Alvarez-. Cuando me digas Casi nada, habré confirmado que te comiste el libro con tal de no dar el brazo a torcer, hombre cabezadura-y se encerró a efectuar el trámite que la había llevado hasta tan solicitado rincón de la casa. Con cara de pocos amigos, el señor Alvarez fue a sentarse en su sillón predilecto. De inmediato una figura familiar tomó su puesto en el hombro izquierdo. -Mi querido amigo-dijo el hombre de impecable traje, mirada ladina y olor a azufre-, va usted a tener que pensar en otra cosa. Eso de encerrarse en el baño hasta que llegaran los cinco melenudos, se instalaran e iniciaran el ensayo, para luego decir Ahora no puedo interrumpirlos solamente para pedirles disculpas, me temo, no ha dado resultado... El señor Alvarez lo miró y notó que se había rasurado la barba. Se había dejado, eso sí, un bigote que parecía acentuar más la malicia de sus ojillos astutos. -Ah, decidí cambiar de look-explicó el sulfuroso-. Pero volvamos a su problema, que estoy aquí para ayudarlo, ¿sabe usted? La firma a la que represento tanto lo aprecia, estimado caballero, que tenemos toda una dependencia que se ocupa de usted en exclusiva. Porque usted lo vale. Porque usted lo merece: lo que se dice un cliente VIP. En cambio, ese antipático de Ocho, ¿qué? ¿Recuerda la última vez que lo tuvimos por aquí? En ese momento insinuaba que era usted un tonto. ¿Por lo de los Sea Monkeys? Eso no fue tontería, sino inexperiencia juvenil... ¿La parrilla sin humo ni olor? Un error lo comete cualquiera... ¿La faja reductora del Doctor Delgadín? Bueno, dos errores... Luego insinuó no sé qué cosa respecto a su silueta. Pero dígame usted, querido caballero, quién, sentado a la mesa, no se tienta... ¡Y hoy ya nadie conserva una silueta impecable! Salvo, claro, los políticos, y sólo porque les avergüenza la posibilidad de no salir elegantes en las fotos que vendrán a tomarles cuando vengan a arrestarlos por corrupción... -Eso mismo es lo que yo iba a decir-observó Alvarez, a quien ya empezaba a caerle bien el tipo del olor a azufre. -Si de veras fuera usted un tonto, adheriría a la teoría de la conspiración. Pues no. Pero aun si lo fuera, ¿es ésa excusa para esa forma desagradable en que Ocho le habla? Permítame decirle que usted es casi, casi un santito... No fuma, no bebe, no es infiel a su mujer... ¡Detalle este último, lamento decirlo, que lo ha convertido en escarnio de multitudes, que lo llaman a usted (¡¡¡y cómo me duele oír hablar así de tan noble persona!!!) dominado! Todo lo cual, por supuesto, vaya y pase. Pero Ocho nunca está conforme, nunca lo estuvo y nunca lo estará. Cada vez que asome, odioso y antipático, por el hombro opuesto, será con el solo y único fin de causar molestias. -Sí, es un pesado-gruñó Alvarez, quien empezaba a entrar en ebullición, calentado por los comentarios del tipo del traje elegante. -Y ahora pretende que usted se disculpe con esos cinco engendros que se han metido con nuestra hija. El señor Alvarez no respondió, pero su lúgubre silencio fue harto elocuente. -Y ya es hora de que usted y yo hagamos algo al respecto-propuso el otro-. No se puede hacer una tortilla sin romper huevos, dice Robin Wood. Le daremos una lección a ese despiadado y tiránico sátrapa de alas y aureola. Y le voy a decir cómo: lo voy a esperar en su propio hombro, y cuando se aparezca, ¡zás! le voy a enseñar mi uno-dos, mi tres-cuatro y mi cinco-seis, hasta hacerlo picadillo, ¿eh? Porque yo les enseñé a boxear a Cassius Clay, Mike Tyson y Jorge Locomotora Castro, ¿eh? Y entonces no nos para nadie, ¿eh? -¡Ay, sí! ¡Ay, sí!-exclamó el señor Alvarez, entusiasta-. ¡Eso! ¡Eso! -¡Ja!-dijo el tipo del olor a azufre, triunfante, restregándose las manos, pasándose al hombro de su archienemigo-. ¡Ñaca, ñaca, ña...!-de repente, su voz no sonó tan exultante-. ¡Oh-oh!-gimió. Acababa de ver que no era el único allí con nuevo look. Lo siguiente que vio fue un puño abriéndose paso hacia su cara, y lo siguiente, las estrellas, cuando de una trompada quedó estampado contra la pared más próxima, para desolación de Alvarez, quien no quería ni imaginar las consecuencias de esa fulminante derrota de su campeón. -¡Ja!-dijo una voz espeluznante y gutural, esa tan mentada voz podrida que tanto gusta y es usada por los grupos de black, doom y death metal-. ¡Ñaca, ñaca, ñaca!... -¡¿O-O-OCHO?!...-tartamudeó Alvarez, viendo que sobre su hombro tenía una especie de osito panda de ésos que curten la onda del black metal. -¡Qué derechazo!, ¿eh?-se ufanó Ocho, ya con su voz habitual-. ¡Qué carrera hubieran hecho Cassius Clay, Mike Tyson y Jorge Locomotora Castro si los hubiera entrenado yo y no ese pánfilo!, ¿eh? ¡Y no necesité el uno-dos, sino sólo el uno!, ¿eh? No está tan mal para alguien que es sólo un número más, ¿eh? Qué buenas son las cifras cuando las cuentas las hace el Señor, ¿eh? Y qué dolor de cabeza le han dado las matemáticas a Don Querido Caballero, ¿eh? Hay que mandarlo de nuevo al Kindergarden, ¿eh? Ya hubiera querido que el ladrillo siguiera en la pared en vez de caerle encima a él, ¿eh? Y cómo perfeccioné mi vocalización, ¿eh? Cuando se enferme Vrede, yo podría reemplazarlo temporalmente como cantante de Antestor, ¿eh? Pero no por mucho tiempo, o le voy a serruchar el piso, ¿eh? Eso sí, para cantar alabanzas al Señor, mejor empleo voces limpias... -¿Qué hacés disfrazado de osito panda?-preguntó Alvarez, aturdido y malhumorado. -Nuevo look, para estar a tono con los acontecimientos de esta noche. Además, ya que tenía que trompear a tu amigo, por lo menos para serle más grato a la vista. No le gustaba la facha que tenía antes; me llamaba ese mariconcito de la túnica. -Y ahora te va a llamar ese mariconcito que se maquilla- observó Alvarez. -Bueno, que diga lo que quiera, si eso lo hace feliz. Eso no me molesta; lo malo es que siempre viene a hacerme el trabajo más insalubre de lo que ya es-dijo Ocho; y acto seguido se volvió, se metió los dedos índice y mayor de su diestra en la boca, y chifló. -¿Hace falta que siempre llames al Señor de esa forma tan grosera e irrespetuosa?-se quejó Alvarez. -¡Qué te importará a vos!... Cuando todo esté listo, pegáme un chiflido, dijo el Señor, y yo obedezco. No como quien yo sé, que hace cagada tras cagada, como el pato criollo. ¿Cómo anda esa viga en el ojo, Alvarez?-pero antes de que su interlocutor pudiera contestar, Ocho se vio frente a Jesús, y dijo:-. Señor, quería nada más avisar que Alvarez ya está listo, no sólo para arreglar sus diferencias con los chicos de Supremacía Satánica, ¡sino también para predicar tu Nombre entre ellos! -¿EH?-gritó Alvarez, aterrado. En ese momento escuchó que un auto se estacionaba afuera, y supo que la manada blackmetalera había llegado -Ah, ¡macanudo! ¡Muy bien! ¡Felicitaciones a los dos!-dijo el Señor-. ¡Al trabajo, entonces! Y se fue, tal vez para dedicarse a otros asuntos, pero seguramente sin despegar del todo los ojos de aquel dúo. -¿Estás loco, Ocho?-bramó Alvarez-. ¿Por qué dijiste que iría a arreglar mis diferencias? -Cada día más sordo, Alvarez. Dije sólo que estabas listo; el que dice que pongas manos a la obra es el Señor, por lo tanto es lo que vas a hacer, así te tenga que llevar a patadas. Vamos, levantate ya mismo de ese sillón. -¡Pero esos cinco le gritan groserías a Lucy cuando la ven! ¡Se babosean cuando la miran! -Fenómeno. Podés aprovechar el momento preciso para decirles que eso te molesta y pedirles que no lo hagan; pero en lo de los graffittis, vos los acusaste de algo que ellos no habían hecho, los trataste muy mal. Varias veces. Te dejaste guiar por tus prejuicios. Así que tenés que pedir disculpas, te guste o no. De mala gana, Alvarez se levantó y fue a avisar a su mujer que iría a disculparse con los muchachos de Supremacía Satánica. Acto seguido se dispuso a salir; pero lo detuvo la voz indignada de Ocho: -Alvarez, ¡quedate donde estás! ¡Qué desastre, qué desastre!...¡Vos no aprendés más!... -¿Y yo qué hice ahora?-preguntó Alvarez, perplejo, mirando alrededor para ver si descubría qué había hecho mal. -¡Un cristiano que se precie de tal no camina así, con la cabeza gacha y arrastrando las patas, como si fuera a un velorio! -Mis maestras decían que yo tenían pies, en realidad-observó Alvarez con sarcasmo-; y no sé si a un velorio no iría con un poco más de ganas. -Tus maestras no te sabían tozudo como una mula. A ver, levantá un poco más la cabeza... Sí, así, pero cambiá un poco esa cara, hombre. La mirada del cristiano tiene que expresar en todo momento orgullo por su condición de tal: ha sido elegido por el Señor Jesucristo, y ése es un inmenso honor y privilegio, y él lo sabe. Sin embargo, la misma mirada refleja también humildad, porque no ha sido elegido por su propio esfuerzo o por méritos personales, sino por la gracia de Dios. Ahora bien, en los ojos del cristiano se puede ver también ímpetu y coraje para hacer frente a sus adversarios espirituales e incorpóreos, pues en Dios todo lo puede; no obstante, en ningún momento está ceñudo, sino que su mirada desborda de alegría incluso en la hora de la tribulación, pues sabe que luego de cada prueba, por dura que sea, su alma emergerá fortalecida en su relación con el Señor. Ahora, en tu caso particular, tenés que mirar muy de frente, para que el mundo sepa que estás dispuesto a admitir una culpa; tiene que denotar franqueza, nobleza e incluso sumisión para que, rebajándote, puedas enaltecerte a los ojos de Dios y del prójimo. El cristiano no elude la culpa, la admite de frente y la confiesa en voz alta; pero en sus ojos se advierte el más profundo arrepentimiento por lo que ha hecho y la decisión de no reincidir... De improviso apareció la señora de Alvarez. -¿Qué te pasa que hacés todas esas morisquetas?-preguntó a su marido. En efecto, el señor Alvarez, conforme a las instrucciones de Ocho, había estado ensayando expresiones faciales que pudieran merecer la aprobación de aquel. -Nada, querida, estaba ensayando la cara que les pondría a esos chicos, y pensando qué les diría-se justificó; y su mujer, conforme con la explicación, volvió a retirarse. Por lo pronto, lo que se advertía en los ojos del cristiano era un anhelo imposible, el de estrangular a su ángel de la guardia. -Mi madre...-se lamentó Alvarez, con la estupefacción de quien descubre que es más fácil cocinar un complejo locro que un simple y vulgar huevo frito-. Si tengo que encontrar una mirada que refleje todo eso que decís, me parece que sería más sencillo ir a negociar la paz en Medio Oriente. -Sí, pero vos no estás en Medio Oriente, ¿no? Así que andá a disculparte con los muchachos de al lado. -¡Sí! ¡Mejor!-exclamó Alvarez, con auténtica convicción. Tal vez si lo hacía el crudelísimo sátrapa de alas y aureola, ahora mutado en nada cariñoso osito panda, le daría una tregua. El señor Alvarez salió, recorrió la distancia que lo separaba de la sala de ensayo de al lado y tocó timbre. Los cinco integrantes de Supremacía Satánica estaban listos con sus instrumentos, salvo Leandro, el baterista, que había comenzado por pasar al baño y fue a asomarse por la mirilla de la puerta cuando sonó el timbre. Sus compañeros lo vieron levantar la mirilla y sostener un breve diálogo con la persona que se encontraba del otro lado. -Un minuto-dijo al fin Leandro; y volvió junto a sus compañeros-. Es Flanders- anunció, para sorpresa general-. Dice que quiere pasar y hablar un momento con nosotros. Cristian y Fede se miraron. Recordaban aquel domingo que Fede había venido a la sala de ensayo a buscar una documentación olvidada la noche anterior. Fede estaba seguro de haber pescado a Flanders escuchando a los gloriosos Craddle of Filth aprovechando la ausencia del resto de la familia. Como estaba cerca, Cristian había ido a verificar tan increíble dato; pero el viejo guardabosque no estaba solo sino al menos con su hija, y no escuchando Craddle of Filth sino a los horrorosos y cristianos Antestor. Nadie en la banda sabía cómo interpretar todo esto, salvo el tecladista, Tony, que estaba seguro de que todo era nada más que una broma de Cristian y Fede, y que ahora fue el primero en reaccionar: -Un momento. Hay que decorar-dijo malignamente. Al empezar los primeros roces con el quiosquero chupacirios de al lado, Tony se había provisto de un paquete de velas negras por si algún día podía usarlas para escandalizar de algún modo a aquel hombre tan desagradable. Así que, con ayuda de Ale, el bajista, ahora procedió a encenderlas. Dibujaron un pentáculo (estrella de cinco puntas) en el centro de la habitación, lo encerraron en un círculo y dispusieron alrededor las velas negras. Afuera, el señor Alvarez sonreía, feliz. Qué bien... El ya había pedido que lo dejaran entrar, había hecho su parte, pero aunque del otro lado uno de los energúmenos melenudos contestó que ya le abriría, daba la impresión de que ello no iba a ocurrir. Ni olvido ni perdón era el lema de Supremacía Satánica; y qué bueno, porque Alvarez no quería ser olvidado ni perdonado. Para gran desolación suya, cuando iba a desplazarse de retorno hacia su hogar, la puerta se abrió finalmente, y se le invitó a pasar. Los monstruos habían dibujado quién sabía qué mamarracho en el piso, rodeándolo de velas, y miraban fijo a Alvarez, algunos con expresión de intriga y otros con aire belicoso. Estaba, por fin, en el antro del enemigo. |