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Por esos días, Doña Cata no estaba tanto en su hogar e intentaba renunciar al chisme, pero a veces uno no puede escapar de sus viejos vicios. No obstante, al menos había ahora en su mala costumbre un matiz loable porque, ya más imbuida de caridad cristiana, cuando la curiosidad por las intimidades ajenas la invadía, al menos no sólo no divulgaba lo que había visto u oído, sino que además empezaba a compadecerse de los dramas ajenos y a pensar si podía hacer algo para aliviarlos. Con Doña Elvira y con Débora, además, ella se sentía en deuda, si bien no tanto como con Lucy; y se preguntaba cómo podría pagarla. Era lógico, por lo tanto, que a su habitual curiosidad viciosa añadiera el deseo de conocerlas mejor para devolverles el gesto de humanidad que ambas habían tenido con ella luego de la pelea con Cacho. Debido a esta feliz circunstancia, estamos en condiciones de afirmar que parece que Débora al menos intentó distanciarse de Fabio, como el señor Alvarez le había aconsejado que hiciera. Para Fabio la notoriedad personal era indispensable, y si notaba que alguien no le prestaba atención, siempre buscaba revertir eso. Pero en tales casos se trataba siempre de hombres, porque no existía que las mujeres lo ignorasen olímpicamente. Que Débora ahora empezase a mostrarse reacia era indicio, sin duda, de que quería jugar con él, hacerse la difícil. Pero distanciarse, imposible, porque ¿cómo hubiera sido posible ello, si su incomparable belleza atraía a las mujeres como el imán al hierro? Fue así que una tarde, cuando Doña Cata volvía de trabajar, vio a la incompatible pareja frente a la puerta de calle del terreno de Doña Elvira. La infaltable moto estaba también ahí, tal vez aliviada de haberse sacado de encima al menos por un rato al pesado de su dueño. Este, por su parte, sonreía seductoramente, hablaba bajito y parecía siempre posar para una Estatua al Hombre Hermoso y Sexy. De tanto en tanto, iba hacia Débora, la abrazaba y la zamarreaba de una forma habitual en él y que por lo general volvía locas a las mujeres, Débora incluída. Pero hoy la susodicha continuaba en pie de guerra, y cuando por enésima vez él volvió a zamarrearla con vigor, capturándola entre sus largos y potentes brazos, ella se puso tensa. -Ya te dije que no me toques. Sos una basura-dijo. -Dale, flaca, ¡si te digo que yo iba a venir antes, pero que había quedado en pasar por lo de Leo!... Las promesas hay que cumplirlas. -No te pedí que vinieras, ni antes ni ahora. Y si las promesas hay que cumplirlas, prometeme que nunca más me vas a tocar. -Vamos, Débora, ¡si lo que querés es que te toque!...-insistió Fabio, rodeándola de nuevo con sus brazos, con desenvoltura y donaire, sí, pero en forma absolutamente inoportuna-. A ver... A ver... ¿Quién esta noche, se va a meter entre tus sábanas y te va a hacer subir la temperatura hasta que todo esté en llamas y...? Pero tuvo que interrumpirse; porque tras liberarse un poco de aquellos brazos, Débora dio a su novio un empujón de aquéllos que por poco no lo sientan a uno de prepo en el suelo. Mientras Fabio recuperaba, mal que bien, el equilibrio, Débora pasó rápidamente de la vereda al terreno de Doña Elvira, por entonces vedado para el Casanova del barrio, a menos que quisiera ser expulsado a escobazos; y desde allí replicó la joven, en son de burla: -No sé, a lo mejor Majestad... Y se dirigió a grandes zancadas hacia la casa. -¡Majestad!- gritó Fabio, entre el esceptiscismo y el despecho-. ¡Ese gato de mierda!... ¡Débora, volvé!... ¡Débora, oí!... Pero Débora no volvió ni oyó. Los únicos que acudieron, maullando, fueron algunos de los gatos de Doña Elvira. Majestad no se hallaba entre ellos, pero le pareció a Fabio que era su mismísimo archirrival de cuatro patas el que venía hacia él en varias copias con el solo fin de burlarse. Vejado, montó sobre su desafortunada moto que de nuevo padeció la desgracia de tenerlo encima, y se retiró. No mucho más que eso supo Doña Cata de la actividad que se desarrollaba por entonces en la casa de enfrente, salvo que Débora había efectivamente abandonado los estudios, despertando con ello la cólera de Doña Elvira. Muy poca paz había desde entonces entre ambas; pero Débora al menos tenía aún un empleo. Por lo demás, no es gran hazaña deducir que su deserción escolar le venía que ni pintada para dejar de ver a Dieguito aspirando pegamento, en vista de que tanto parecía perturbarla tal visión. Más extraño fue algo que sucedió también por entonces una mañana en que el colegio al que iba Lucy cerró por desinfección. Hacía pocos días que Débora había abandonado el colegio y, si hubiera querido, habría estado en condiciones de reincorporarse a él. Así que, aprovechando aquella mañana libre, Lucy fue a verla cerca del mediodía; y cuando regresó a almorzar, se veía pálida y taciturna, como si estando fuera hubiera visto algo de verdad horrible e inconfesable. -¿Algo anda mal?-preguntó su padre. Ella alzó la cabeza, con expresión apagada, y preguntó a su vez: -¿Por qué cuando era chica me hicieron creer en Papá Noel y los Reyes Magos? El señor Alvarez exhaló un gran suspiro apesadumbrado. -Hacía años que esperaba algo así, desde que, una vez que no estabas en casa, durante una discusión con Cecilia, ella me hizo más o menos la misma pregunta, a gritos, y Fanny la apoyó-dijo-. Tus hermanas me reprochaban haberse sentido estúpidas por haber creído en cuentitos de hadas. Me sentí muy mal entonces, porque la idea de que creyeran había sido mía... -Pero la culpa fue de los dos-intervino la señora de Alvarez, defendiendo a su marido contra sí mismo-. Yo tendría que haberte dicho que no era buena idea, que fue exactamente lo que pensé. El señor Alvarez hizo a un lado los cubiertos y puso una mano sobre el hombro de su alicaída hija. -Cuando yo era chico, Lucy, veía que en casa de otros pibes los padres se disfrazaban de Reyes Magos o de Papá Noel-explicó-. Los padres sabían que a mí no me habían hecho creer en esas cosas, así que de antemano me pedían que no dijera nada. Y viendo a esas personas disfrazadas, por más que supiera que eso eran y nada más, me parecía una idea genial, y lamentaba que en mi casa no se hiciera lo mismo. Así que, cuando tuve mi propia familia, quise que ustedes tuvieran eso que a mí tanto me había gustado y que yo nunca tuve. Mi intención era buena. Nunca medí lo otro: la sensación de burla, de saber que uno fue engañado nada menos que por sus propios padres, aquellos en quienes precisamente más debería confiar. No medí eso porque no lo viví. No era gran creyente entonces, pero no hubiera necesitado de los Diez Mandamientos para discernir que una mentira siempre está mal, y sobre todo si se está mintiendo a los propios hijos. -Me sentí una pavota cuando me enteré, Papá-murmuró Lucy. -Me lo imaginé desde que tus hermanas me hicieron ese reproche a gritos. En ese entonces quedé muy mal, con mucha sensación de culpa; pero hoy, con más experiencia, me he dado cuenta de que a ser padre también se aprende día a día, que con el primer hijo no viene también un manual de instrucciones y que por mucho que no quiera, en esto, como en todo, se cometen errores, algunos de ellos enormes. Lamento, por supuesto, haber obrado así; si pudiera volver atrás y cambiar lo que hice, lo haría. Como no puedo, me queda solamente decirte que lo lamento, y que si en algo puedo compensarte el mal que te hice engañándote, estoy dispuesto a hacerlo. Mientras el señor Alvarez hablaba, su esposa, al margen del diálogo, recordaba todos y cada uno de sus tres embarazos. Mi esposa, cuando quedaba encinta, se ponía algo difícil, solía decir él. Difícil..., pensó la señora de Alvarez. Qué linda manera de decir: INSOPORTABLE. La primera vez tal vez fuera lógico: nervios de primeriza. La segunda vez, sin embargo, fue peor que la primera, y la tercera superó a las otras dos anteriores juntas. La señora de Alvarez sospechaba que cada embarazo había alterado su código genético, convirtiéndola en una criatura mutante incapaz de hacer otra cosa que llorar, gritar y protestar. Y es que con Estefanía, salvo los lógicos nervios de primeriza, había sentido tranquilidad porque no importaba el sexo del bebé, sino sólo que fuera sanito. Pero habían hablado mucho acerca de tener un varoncito y una nena y nada más; y por lo tanto, en su segundo embarazo la señora de Alvarez había ido en busca del que faltaba. Le parecía que sería algo así como una falla personal suya no cumplir con lo estipulado. Luego de dar a luz otra nena, la señora de Alvarez estaba desesperada y autopresionada: Jesús, hacé que esta vez pueda darle a mi marido el varón que él quiere. Con Lucy habían dicho basta. Tres eran todos los hijos que estaban en condiciones de mantener sin empeñar hasta sus propias almas. Pero el señor Alvarez no parecía extrañar al hijo varón que no fue; su mujer era la que todavía, para sus adentros, seguía dándole vueltas a la cuestión, preguntándose cómo hubiera sido todo si con el tercer embarazo se hubiera roto la constante de las ocasiones precedentes en lo relativo al sexo del bebé. No mejor que ahora, reflexionó, conmovida ante la preocupación de su marido por esa hija menor a la que ningún novio potencial podía acercarse sin despertar en él a un temible Cancerbero. ¿Sería, entonces, que las cosas no hubieran ido tan bien con un hijo varón? -Ahora contame-decía el señor Alvarez-. Fuiste a ver a Débora. Algo tiene que haber pasado con ella para que vuelvas tan carilarga y sacando a luz este tema de Papá Noel y los Reyes Magos. Tras breves vacilaciones, respondió Lucy: -No sé qué pasó. De entrada pareció enojada conmigo, pero no sé por qué, ya que ni hablar pude. Me contó cosas horribles... Cosas tan horribles... Y la forma en que las contó... -¿Qué cosas, Lucy? -Personales, Papá... Son asuntos de ella, me da no sé qué contárselas a otro, aunque sea a vos... -Ajá. ¿Y qué opinó Doña Elvira? -No estaba, había ido a hacer un trámite... -¿Tan horribles eran las cosas que te contó? -Sí... Por más que ya supiera que esas cosas pasan... Los dos esposos Alvarez se miraron en silencio, recordando que se decía que Débora provenía de una villa miseria cercana, y sumergiéndose con la imaginación en un mundo sórdido y duro donde la supervivencia era lo único que contaba y también lo más difícil; un mundo de esposas golpeadas por sus maridos, de hijos violados por sus propios padres, de droga que pasaba de mano en mano y de ajustes de cuentas entre bandas, amén de otras mil situaciones tal vez incluso peores. -Me dijo que la dejara en paz... Que miles de personas disfrutan de días hermosos como el que hace hoy sin que sepan ni les importe que a pocas cuadras un hombre esté abusando sexualmente de su hija... En este mundo vivimos. Dejá de creer en los Reyes Magos, dijo, riéndose de mí... -Hace ya muchos años que no crees en los Reyes Magos-observó el señor Alvarez. -Pero creo, o creía en Dios... Y ahora me doy cuenta de que, después de todo, a El tampoco lo veo... Por lo menos, a Papá Noel lo vi, aunque fuera mi padre disfrazado... Pero yo dejaba el agua y el pasto para los camellos y me iba a dormir, y al día siguiente estaba el regalo. Nunca vi a los Reyes ni a nadie disfrazado de Rey Mago... Los Alvarez volvieron a mirarse. Hasta ese momento la fe de Lucy había sido tan firme y tan contagiosa, que realmente asustaba pensar qué cosa horripilante oída de boca de Débora la estaba sometiendo a tan dura prueba. -Lucy, querida-dijo el señor Alvarez-, entiendo que dudes. La gente a veces cree cosas que son simplemente tonterías y disparates. Sin ir más lejos, la otra noche vi en Internet que muchos creen que en la Tierra caminan seres que son reptiles inteligentes de apariencia humana y que conspiran contra nosotros. Yo no voy a ser quien te convenza de Dios no es una tontería; voy a dejar que El lo haga. Pero acordate de esto: si fuera un engaño, en este caso también tu madre y yo estaríamos entre los engañados. No seríamos los engañadores, como con Papá Noel y los Reyes Magos. Y lo real, aquello en lo que sí podés creer sin dudar, es que te queremos... y podés contar con nosotros para cualquier cosa, por más que seamos medio chambones a veces. Lucy sonrió débilmente, pensando que en medio del desastre que parecía a punto de provocar el derrumbe de su fe, al menos ese pilar sobreviviría incólume. Ahora bien, el siguiente sábado, a eso de las seis o seis y media de la tarde, estando los padres de Lucy viendo televisión sin hallar nada que fuera más interesante que los comentarios sarcásticos del señor Alvarez acerca de la mala programación, sonó el timbre del quiosco, y el susodicho, muy disimuladamente, miró el reloj, y se quejó de tener fiaca de atender; por lo que fue su esposa, quejándose amablemente del perezoso que tenía por marido... sin darse cuenta de que éste fue tras ella en puntas de pie y con expresión extraña. Por la ventanilla del quiosco apareció el rostro de la vecina de enfrente, una mujer achaparrada y obesa. -¡Baje la persiana, baje la persiana!-exclamó dramáticamente. -¿Por qué, Andrea, qué pasa?-preguntó la señora de Alvarez, asustadísima. La vecina compuso una sonrisa traviesa, le tomó la mano a la señora de Alvarez y añadió, guiñando un ojo: -Pasa que ese caballero que está detrás de usted quiere invitarla a salir esta noche y, como Lucy no está para atender el quiosco... ¡Lo va a tener que cerrar! La señora de Alvarez, riendo, giró ciento ochenta grados, justo a tiempo para enfrentar a su marido, que venía a abrazarla en ese momento. -¡Los voy a matar a los dos!-exclamó-. ¡Lo más pequeño que imaginé fue que el gobierno había caído sin que yo me enterase y volvía la época de los saqueos!... Lo que acababa de suceder era algo que entre los Alvarez tenía lugar con mucha frecuencia y que había comenzado de la siguiente manera: Alrededor de dos años después de casados y aún sin hijos, los Alvarez entraron en un súbito período de aridez en su relación matrimonial. No podía decirse que fueran infelices, pero luego de esos escasos dos años ya estaban agobiados por la rutina, en gran medida porque por ese entonces, todavía sin quiosco, trabajaban muchísimo casa uno en un empleo propio y al regreso continuaban trabajando como esclavos en el hogar. Una tarde, la señora de Alvarez regresó a su hogar, muy cansada y de mal humor, cuando llamaron a la puerta. Pareció evidente que tenía que ser su marido, que por lo general volvía en segundo lugar; pero cuando fue a abrir la puerta, vio ante ella un desconocido con un enorme ramo de rosas. Y en eso, se oyó la voz del esposo: -¡Ajá! ¡Así los quería agarrar a los dos! La señora de Alvarez se aterró ante aquella aparentemente mala interpretación de la escena por parte de su esposo. El hombre que traía el ramo de flores, viendo avanzar hacia él al señor Alvarez con expresión temible y exclamando que era cierto lo que le habían dicho y que su esposa se veía con otro hombre, intentó explicar que él sólo era el empleado de la florería y que el ramo lo enviaba un admirador anónimo. Pero su autodominio era muy limitado, y se echó a reír pese a que el señor Alvarez siguió bramando muy serio. Entonces la señora de Alvarez leyó la tarjeta que acompañaba al ramo de rosas, y en la que reconoció la caligrafía de su esposo: Esta noche, dejemos afuera al antipático de tu marido y hagamos el amor como si fuera la última vez; porque estoy tan loco por vos como cuando éramos novios. La primera reacción de la señora de Alvarez fue soltar una carcajada ante aquella pantomima montada por su marido, pero luego de las risas fue obvio que el incidente había despersado la insipidez que en las últimas semanas había imperado en el matrimonio, y al caer la noche estaban harto incentivados uno y otra para cumplir con sus deberes conyugales. Y por lo tanto, periódicamente dieron cada uno en sorprender al otro con algo que quebrara la rutina, lo que siguen haciendo hasta el día de hoy. Generalmente se trataba de alguna salida a cenar, a bailar o a ambas cosas. A veces, algo arruina la velada o no la hace del todo satisfactoria, como suele suceder, pero por lo general todo va más o menos bien, y la cosa termina con los dos esposos en el lecho, haciendo algo que no podría describir cabalmente sin convertirme en un voyeour y sin violar la intimidad de los Alvarez. Podemos aclarar, eso sí, que los juegos de los que participan entonces ambos esposos nada tienen que ver, parece, con el ajedrez ni las damas, y son harto fogosos. A todo esto lo llaman ellos su Día Especial. Bueno, aquel sábado el señor Alvarez había planeado agasajar a su señora esposa con un Día Especial. Lucy había ido a un retiro espiritual y todavía era temprano para que ya estuviera de regreso y pudiera atender el quiosco mientras los Alvarez se preparaban para la velada, pero ya lo dijo la vecina: la solución fue cerrar el quiosco más temprano por una noche: Lucy llegó justo cuando sus padres se iban. A esa hora también llegaron los cinco muchachos de Supremacía Satánica para ensayar en la sala de al lado. Se cruzaron con ambos esposos, y el líder de la banda los miró muy duramente; pero por esa noche al señor Alvarez eso le importó un rábano. Estaba decidido a divertirse como nunca en su vida en compañía de su mujer. Como ni tener que preocuparse por estacionamiento quería, no fueron en su auto, sino en un remís. Los Alvarez disfrutaron de una regia parrillada en la que el señor Alvarez comió como lima nueva y acto seguido fueron a mover el esqueleto a una tanguería. Disfrutaron de lo lindo, y volvieron a casa a eso de las dos y media o tres del día siguiente; y ahí, cuando estaban llegando a su hogar en otro remís (pedido con la debida anticipación para no sufrir demoras) se llevaron la sorpresa de su vida. Que en principio podría no serlo tanto. Un grupo de muchachos provistos de aerosoles estaba redecorando bellamente la fachada del hogar de los Alvarez con los habituales graffittis satánicos. Estaban de espaldas, por lo tanto, y no vieron llegar al matrimonio, tanto más cuanto que el indignado señor Alvarez pidió al remisero que estacionara antes de hallarse frente al domicilio, porque quería pescar in fraganti a los vándalos que, además, imaginaban dormida a toda la familia. Pero el señor Alvarez sí los vio a ellos y, aun de lejos, advirtió que, conforme a lo teorizado por Débora, no eran los chicos de Supremacía Satánica. Furioso, bajó del remís, corrió hacia ellos y los puso en fuga. Hasta aquí, todo más o menos previsible. El asombro vino cuando el señor Alvarez logró atrapar a uno y vio de quién se trataba: Nacho, el scout idiota que con sus preguntas bobas lo había impacientado tanto el día que se le acercó mientras tapaba la anterior tanda de graffittis bajo varias manos de pintura. -¡Tan inocente que parecía, aunque tontito!-exclamó indignado el señor Alvarez, ya de regreso junto a su esposa-. Entre el tarado de Nahuel y este otro, voy a llegar a la conclusión de que los scouts son una peste. ¡Y la familia, en vez de ponerle los puntos sobre las íes, encima lo apañó cuando les dejé al nene travieso de vuelta en casa!... ¡Pensar que el desgraciado hasta tuvo el tupé, cuando me vio pintando la pared, de decir: Todo para que cuando se descuide se la pinten de nuevo. -Bueno, bueno, éstos son los tiempos en que vivimos-dijo la señora de Alvarez, conciliadora-. Te queda sólo disculparte con los muchachos de al lado, y listo. -Cla... ¿Disculparme?-preguntó el señor Alvarez, perplejo. -Sí, sí... Pero eso puede esperar, ¿eh? Le recuerdo, caballero, que mi Día Especial todavía no terminó-dijo la señora de Alvarez, acercándose a su marido de manera insinuante y provocativa. Eso ya era más interesante. Sin embargo, en el instante previo al inicio del acto sexual, aún con la luz encendida, la pregunta seguía rondando en la cabeza de Alvarez: ¿Disculparme?, y el pensamiento le hacía poner la misma cara que puso cierto señor que un día fue informado de los ingredientes reales de la comida que almorzó en cierto restaurante chino donde jamás se vio una rata, salvo como parte del menú. La señora de Alvarez apagó la luz. Y de lo que siguió a continuación, que se encargue de describirlo un pornógrafo, en todo caso. |