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Esa noche, el señor Alvarez quedó sentado hasta muy tarde frente a la computadora, investigando. El tema inicial de su investigación había sido el satanismo, pero se había desviado hacia páginas que tenían poco que ver con ese asunto, y que le parecían un insulto al sentido común. De hecho, le produjeron un terrible dolor de cabeza que seguía atórmentándolo cuando se levantó a la mañana siguiente. No era para menos porque, pasando de una cosa a otra, había ido a parar a ciertas páginas de Internet que hablaban de una estrambótica conspiración contra la raza humana, que supuestamente estaban llevando a cabo unos seres llamados Anunnaki o reptiloides, los cuales, como su nombre lo indicaba, no pertenecían al linaje de Adán sino, al parecer, al del Lagarto Juancho. Los reptiloides estaban camuflados bajo apariencia humana y eran los judíos y los masones. Los célebres Illuminati también tenían algo que ver, pero el señor Alvarez no entendía qué, y para cuando hubiera podido averiguarlo, ya estaba tan harto de tantas necedades que tampoco le interesaba hacerlo. Los reptiloides, conforme a la descabellada teoría, habían alterado genéticamente al hombre prehistórico, haciéndolo lo bastante inteligente para poder transformarlo en su esclavo.No obstante, parece que la especie humana se había multiplicado demasiado para el gusto de los reptiloides, y ahora estaban desarrollando armas bacteriológicas para reducir su número a quinientos millones. A estos quinientos millones, además, se planeaba implantarles en el cráneo un microchip con el número 666 para que su sumisión fuera absoluta. Los judíos y masones (o sea, los reptiloides) hacían ritos satánicos (nexo que los unía al tema inicial de la investigación del señor Alvarez) y eran la vanguardia del Anticristo. La famosa organización ecologista Greenpeace estaba bajo su control y difundía sólo mentiras, entre ellas el calentamiento global, y los peligros de la energía atómica. A manera de prueba se mostraban varios videos, entre ellos uno que mostraba la supuesta transformación de una de las hijas de George W. Bush en reptiloide, con efectos especiales que debían datar de la época de Lumiére, a juzgar por la credibilidad del mismo. Los Protocolos de los Sabios de Sión, ese panfleto antisemita tantas veces denunciado como falso y que cada tanto regresa como búmerang, también se citaba a menudo. Tal vez el señor Alvarez hubiera podido reírse de todas estas tonterías. Si no lo hizo, fue porque se quedó pensando en los recientes brotes neonazis alrededor del mundo, y en la cantidad de gente que daba por ciertas todas estas tonterías descomunales. Y los cristianos pusimos nuestro granito de arena en todo esto al acusar durante siglos al pueblo judío de deicidio, pensó. Esperemos que todo esto no pase a mayores. Lo peor estaba en algunas exhortaciones de los principales defensores de la aberrante teoría, que rayaban en la apología del delito. Por la mañana abrió el quiosco, todavía pensando en aquella maraña de estupideces. La verdad era que a juzgar por la apabullante cantidad de gente que adhería a aquellas teorías, sólo le quedaba preguntarse si el mundo había enloquecido, o si al que le faltaba un tornillo, o varios, era a él. Levantó la persiana del negocio y allí estaba su primer cliente esperándolo, Lucho, un muchacho de unos veintitantos años. -Buen día, Luchito-saludó el señor Alvarez; y añadió, en broma:-. ¿Qué, venís a saber los días y horarios en que se reúne el grupo de oración? Decía esto porque Lucho sostiene que las religiones son el opio del pueblo, que la Iglesia Católica vive en un oscurantismo medieval, que en pleno siglo XXI sólo cabe guiarse por la razón y cosas similares. El señor Alvarez ya no intentaba hacerlo cambiar de opinión. -Ni hablar-gruñó Lucho, quien al parecer no sólo no tiene fe, sino tampoco sentido del humor-.Vine solamente a comprar un paquete de bizcochitos salados para el mate. -Qué bueno que te veo-dijo el señor Alvarez-. No sabés la de disparates de los que me informé ayer por Internet. Vos, que decís que los cristianos somos todos retrógrados, no sé si te vas a desmayar del susto, o a reírte a mandíbula batiente. Escuchá esto... Y le contó, esperando encontrar en el eterno escéptico y racionalista algún gesto condenatorio hacia aquel fárrago de estupideces. Pero ello no ocurrió. Al contrario. Lucho adoptó el aire supersecreto y en extremo confidencial de quien se dispone a revelar información clasificada de la CIA, y contestó, en tono genuinamente dramático: -Ya sé que suena raro. Pero si se fija un poco alrededor y ve ciertas cosas que pasan alrededor suyo, se va a dar cuenta de que todo es absolutamente cierto-y añadió con voz lúgubre:-. El Nuevo Orden Mundial... Este me está cargando, pensó primero el señor Alvarez. No... qué me va a estar cargando, si para reírse necesita primero buscar en el diccionario el significado de esa palabra. Cobró los bizcochitos rogando para que alguien lo internara, no ya a Lucho sino a él mismo, en el manicomio más cercano. Al menos, los locos que hallara ahí estarían oficialmente catalogados como tales. Cuando Lucho se hubo ido, el señor Alvarez encendió la radio para despejar su mente. La voz de la inmortal Tita Merello cantaba ¿Dónde hay un mango?, y el señor Alvarez, riendo para no llorar, abrió la caja registradora y pensó: Eso es lo que a mí me gustaría saber. Era un poco inútil buscar estatuas que lloraran sangre o apariciones de la Santísima Virgen: el verdadero milagro era que en aquella época de crisis económica y de clientes interesados sólo en comprar cigarrillos, el quiosco pudiera seguir funcionando y rindiendo lo suficiente para mantener a una familia completa. -Buen día-dijo una voz de mujer, a través de la ventanilla abierta del quiosco.El señor Alvarez alzó la cabeza y vio el rostro de Débora. Esta al menos con suerte no vendría a comprar cigarrillos; primero, porque venía fumando uno; y segundo, porque ya parecía haber aprendido que allí no los iba a conseguir. Venía con un libro bajo el brazo. -¿Está Lucy?-preguntó la chica. -Buenos días, disculpame. No, no está-respondió cortésmente el señor Alvarez, asombrado de que Débora preguntara por Lucy en el horario en que ella sabía que estaba en el colegio-. Si querés, vení más tarde... O le transmito tu mensaje... -Mire, señor Alvarez, la verdad es que no quería hablar con ella, sino con usted. -¿Conmigo?...-el señor Alvarez estaba asombrado-. Bueno, adelante. -El otro día yo hablé con su hija-dijo entonces Débora-. Le dije que no quiero seguir viniendo a las clases de computación que ella me da, pero se puso porfiada, y creo que es capaz de ir a buscarme a casa con tal de enseñarme. Quisiera pedirle a usted que le diga que no lo haga. -Débora-repuso el señor Alvarez-, ¿se puede saber por qué? Conozco a Lucy. Si quiere seguir enseñándote es porque nota que todavía no estás lista para seguir sola. Y yo sé que a ella le da gusto poder ayudarte. Débora compuso una sonrisa muy amarga. -Es que ya no necesito que me enseñe, porque voy a dejar el colegio-dijo, tirando la colilla del cigarrillo que acababa de terminar, y encendiendo otro sin pausa ni pérdida de tiempo. -Es curioso. Pensaba que venías a ver a Lucy por un asunto del colegio...por el libro que traés bajo el brazo. Débora sonrió sin ganas, con algo de sarcasmo, y quitándose el libro de debajo del brazo, le mostró la tapa al señor Alvarez. El título de la obra: LAS CASAS ZODIACALES Y EL HOROSCOPO. -No quiero ofenderte-dijo el señor Alvarez-, pero hablando con franqueza, me asombra un poco que una chica inteligente como vos crea en esas tonterías-aunque esto es un paradigma de inteligencia y razonabilidad comparado con la teoría conspirativa, pensó. -Ya ni sé si creo-contestó Débora-.Por lo menos, me hace ilusionar. Lo bueno de ser una burra, una tarada total, es que cualquier cosa que diga la ciencia la deja a una con la boca abierta. Y por lo menos la mayor parte de las cosas que dicen son lindas. -Pero Débora, muchachita, ¡esto no es ciencia: es pseudociencia! ¡Una mentira más grande que una casa! ¿Y de qué te sirve que te digan cosas lindas, si son falsedades? -Es como cuando un chico le dice a una chica que la ama como nunca amó a otra en su vida. Mentira criolla. Pero una a veces necesita ilusionarse. -¿Pero en qué, Débora, querida? ¿En ese novio zopenco que tenés y al que te aferrás como si fuera el único muchacho que hay en el mundo?... Disculpáme que te lo diga, pero ¡qué desacierto el tuyo para pescar novios, Dios mío! -Si lo que me está diciendo es que soy una tonta, ya lo sé. -Sí y no, Débora, sí y no. Todos somos tontos a veces, pero si nos damos cuenta de que lo somos, podemos remediarlo tarde o temprano. No te puedo felicitar por tu inteligencia en esto; pero si vos misma estás de acuerdo conmigo, ¿por qué no hacés algo para tratar de revertirlo? -Porque ya estoy cansada de tratar de hacer cosas al pedo. Es como naufragar a mil quilómetros de la costa y tener que nadar. Sí, bueno, se hace mientras se puede. Pero al final una se cansa, y tiene que agarrarse de algo. -Pero no te agarraste de un pedazo de madera, Débora, hija, ¡te agarraste de dos yunques: la astrología y un novio que es un imbécil de remate! -¡Es lo que encontré a mano!-exclamó Débora-.Irse al fondo también es una forma de terminar con todo. -Pero Débora, ¡es terrible que una chica tan joven piense así!-dijo el señor Alvarez, horrorizado. -El otro día discutí con Fabio porque no teníamos preservativo y por eso no quise que tuviéramos relaciones sexuales-dijo Débora-. Es la primera vez que no voy corriendo detrás de él como una tonta después de pelearnos. Pero es que en esto no voy a ceder. El no me va a pagar un aborto si quedo embarazada. -¿Abortarías? En caso de quedar embarazada, ¿no sería mejor darlo en adopción? -Señor Alvarez, cuando no se quiere tener hijos, lo mejor es cuidarse en las relaciones sexuales. Pero cuando llega el embarazo, el mal menor es el aborto. Porque a la mayoría de los chicos entregados en adopción, no los adopta nadie; y que yo sepa, en los orfelinatos no dan mucho amor que digamos a los chicos. Mi vieja se hizo dos abortos, y fue lo único bueno que debe haber hecho en su vida. En casa éramos seis hijos, pero sólo tres eran del mismo padre y, de ésos, sólo dos de la misma madre. Lo único que le interesaba era tener un macho con el que encamarse. José, el tercero, ya venía con uno propio cuando se juntó con ella. -Mirá, Débora... - Recuerdo una noche en que mi vieja, una hermana de ella, mis primos, cuatro de mis hermanos y yo viajábamos en tren. Mis primos y mis hermanos iban corriendo de acá para allá de vagón en vagón. De golpe, el tren se detuvo, porque parecía que un chico se había caído a las vías y lo habían arrollado los vagones. Me llevé el susto de mi vida, pensando que podía haber sido uno de mis hermanos. Pero no, ellos y mis primos estaban bien. Cuando volvimos con mi vieja y mi tía, mi vieja nos miró y dijo sonriente, como comentando un chiste: Pensábamos que se había caído uno de ustedes. No sabe el odio que le tuve y todavía le tengo desde entonces. ¿Le gustaría que le hubiera pasado a usted, señor Alvarez? ¿Que su madre le confesara, como si nada, que lo creía muerto por caerse bajo las vías del tren? Helado por la horripilante anécdota, el señor Alvarez no pudo responder. Débora se echó a llorar. -Me hubiera gustado que me abortaran a mí también-dijo-, así no hubiera vivido para saber qué persona era realmente mi vieja, ni estaría acá, solamente existiendo, sin un proyecto de vida. De inmediato, el señor Alvarez abrió la puerta del quiosco, hizo pasar a Débora y la sentó con suavidad en una silla que había allí. La señora de Alvarez entró en ese momento, vio lo que sucedía y no entendió ni dijo nada, pero fue a preparar un té para Débora. -Sabés, Débora, querida, yo no sé por qué no estuviste entre los dos hijos abortados de tu madre; pero sí sé que, si estás en este mundo, es por algo-dijo el señor Alvarez-. Yo no puedo obligarte a nada ni convencerte de nada, ni quiero hacerte prédicas que en este momento, creo, ni oirías. Sólo te puedo aconsejar que pienses muy bien eso de dejar los estudios. Esa decisión tuya te va a cerrar muchas puertas. -Que me cierre todas las puertas que quiera-contestó Débora, llorosa todavía-. Ya estoy harta. Además, señor Alvarez, de veras que es mejor que Lucy y yo nos veamos lo menos posible. Un poco porque ya sé que ella tiene la esperanza de que me haga cristiana, y eso no va a pasar nunca. Y otro poco, porque, la verdad, le tengo envidia. Su vida es normal. Yo nunca voy a tener una vida así, y quisiera haberla tenido . Lucy es una buena persona, no quiero tratarla mal. Pero me habla de religión, de lo que no quiero saber nada, y veo que tiene una vida feliz, que envidio. Entre una cosa y otra, es difícil tratarla bien. -Sos amiga de mi hija y por lo mismo, un poco como si vos también fueras mi hija. Lamento que sufras de esa manera. Acá siempre vas a ser bien recibida. Por lo demás, yo le puedo repetir a Lucy lo que me dijiste... Pero que ella me haga caso es otro tema. No puedo reprochárselo. Somos cristianos... Lamento que eso también te fastidie...Y los cristianos estamos obligados a no ser indiferentes ante el prójimo que sufre, ni espectadores pasivos. Pero como martirio, me parece más grato y saludable eso de arrojar a los cristianos a los leones, como en los tiempos del buen Nerón y sus secuaces, pensó el señor Alvarez. Estaba muy cansado. La teoría conspirativa le parecía un gag de humor negro pero pasatista comparado con la tragedia de una joven que habría deseado nunca existir; algo no sólo tristísimo, sino incongruente como una cruza entre gallo y ciempiés. Porque a los dieciocho o diecinueve años se desea vivir. Es lo lógico y natural. Se anhela la vida apasionada, arrolladoramente... Y aquí estaba esta joven que escapaba a toda regla, hecha un guiñapo. La señora de Alvarez trajo el té, que Débora agradeció y bebió pese a que ella probablemente hubiera preferido una taza de cianuro. Luego se puso de pie, saludó al matrimonio Alvarez y se retiró. Ya a solas, la señora de Alvarez consultó a su esposo con la mirada. -Después te cuento, ahora no tengo ánimos-dijo él-. ¿Qué tal si ponés agua para unos mates? -Buena idea-dijo la señora de Alvarez. Los Alvarez toman mate dulce. Qué asco, ¿no? Estos criollos adulterados no saben que un gaucho que se precie toma mate amargo. Aunque ya bastante amargado estaba el señor Alvarez luego de escucharla a Débora. Y como las desgracias nunca vienen solas, como si todo lo sucedido fuera poco, en seguida una figura familiar, apestando mucho a azufre, vestida de elegante traje y de ojillos maliciosos aunque pretendidamente corteses, vino a aparecérsele, según vieja y mala costumbre, sobre su hombro izquierdo... -Querido caballero... Cuánto lamento ser portador de tan tristes noticias...-dijo-. Como ha podido usted ver por el relato de esta joven, para Dios tanto ella como usted y cualquier otra persona son simplemente un número más, Another brick in the wall, como cantaba Pink Floyd... Y si no, pregúnteselo a Ocho Mil Setecientos Cuarenta y Siete Millones Doscientos Treinta y Un Mil Seiscientos Cincuenta y Cinco... -¿Eh?-preguntó Alvarez-. ¿Quiénes son todos esos ocho mil no sé cuántos millones? -No quiénes, caballero, quién... El mariconcito de túnica que me hace la competencia desde el hombro opuesto. Alvarez quedó horrorizado. -¿Mi ángel de la guarda se llama Ocho Mil...? ¿Cómo era?-gimió. -¡Es un buen nombre-protestó el mentado ángel, apareciéndose de golpe-.De hecho, inmejorable. Porque si bien me recuerda mi pequeñez frente a Dios, también me recuerda que soy imprescindible. Entre el Ocho Mil Setecientos Cuarenta y Siete Millones Doscientos Treinta y un Mil Seiscientos Cincuenta y Cuatro y el Ocho Mil etc., etc,. Cincuenta y Seis, hay un lugar que yo y sólo yo puedo ocupar. Sin contar, claro, que lo importante no es el nombre, sino el amor con que éste sea pronunciado. Pero es lógico que a este cretino y sus compinches no les gusten los números-señaló al tipo del olor a azufre (podría llamarlo demonio, ¡pero es que sin cuernos, rabo ni tridente, parece sólo un hombrecito relativamente cualunque!)-. Si a éstos los llamaran por lo que valen, tendrían todos el mismo nombre: Cero a la Izquierda. Como consuelo, Dios les permitió nombres especiales, empezando por el cabecilla, Lucifer. -Estimado señor-dijo el tipo del olor a azufre-, ¿va usted a seguir dejándose engañar por ese infeliz de aureola? Y dígame, ¿lo trata él con la misma cortesía que usted se merece, como yo sí lo hago? -¿Para qué le preguntás a Alvarez cosas que te puedo contestar yo?-protestó Ocho, el ángel-: ni hablar. Porque vos hacés márketing para hacer el negocio, y en cambio yo le digo a Alvarez qué tiene que hacer para ser de los nuestros. Esa es la diferencia. -Querido caballero, cómo lamento que este individuo lo trate a usted así. Yo en su lugar, terminaría toda relación con este mal sujeto... -¡Ah, eso a Alvarez ya le dije yo!...-se burló Ocho-. Como broche de oro para una brillante carrera, lo que necesita es prestar atención a tus consejos. Porque desde su temprana juventud, yo supe que él iba a llegar muy lejos en materia de idiotez. Como cuando, de adolescente, se emperró con los Sea Monkeys, esas mascotitas de moda supuestamente inteligentes, y que él pensó que lo iban a saludar desde la pecera todas las mañanas cuando se fuera al colegio. También eran caras como el pecado. Alvarez gastó en ellas todos sus ahorros.Resultado: las supuestas mascotas inteligentes eran vulgares como babosas y tenían más o menos la misma astucia que las susodichas. Otros brillantes hitos en la carrera de estúpido de Alvarez: la compra de la parrilla que no larga humo ni olor, en cuya fecha de estreno poco faltó para que intervinieran siete dotaciones de bomberos, y la faja reductora, luego de cuya adquisición Alvarez se dedicó a engullir como un ñandú cuanta cosa comestible se pusiera en su camino, persuadido de que usando dicha faja no engordaría un gramo... hasta que descubrió que estaba alcanzando el volumen y peso de los más grandes saurópodos del período Jurásico. Continuando en la misma línea de conducta, ¿qué cosa más lógica que dedicarte a vos toda su atención? -¡Bueno, bueno, ya entendí, ya entendí, terminá de sacar los trapitos al sol!-gruñó Alvarez. El tipo que olía a azufre, dando por perdida la batalla (¡¡¡Pero la guerra, jamás!!!) se batió en retirada-. Pero él tiene razón: podrías ser más amable. -Mirá, moliéndote la conciencia a patadas, ya es un milagro que me obedezcas; imaginate si me pongo blando-dijo Ocho. -Y con Débora, esa pobre chica, ¿qué hago? Me da pena. -Vos dedicate a arreglar en el mundo lo que puedas arreglar, y dejá el resto en manos de Dios. -No puedo hacer otra cosa-dijo el señor Alvarez, encogiéndose de hombros, todavía no muy convencido. |