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JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Parte 13 de... ¿Cuántas dije que probablemente serían?) PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por EDUARDO ESTEBAN FERREYRA   
martes, 06 de octubre de 2009

      Es cosa terrible, tras un enfrentamiento como el que habían tenido Doña Cata y Cacho, tener que reiniciar la convivencia. Durante tres días, ambos esposos estuvieron sin hablarse, en un ambiente gélido y, podríamos decir, terrorífico casi. Cacho, que había empeñado hasta el apellido para comprarse su malogrado televisor de última generación (siendo que ya tenía deudas previas), hizo no obstante un nuevo desembolso para adquirir un televisor en blanco y negro que encontró en una compraventa de usados. Sin garantía, por supuesto. Cada tanto, al aparato  le venía en gana funcionar mal, no mostrando imágenes, distorsionando el sonido,  etc.; por lo general, ello en el momento más importante y espectacular del match deportivo de turno. Estoy convencido de que el artefacto estaba poseído por un malvado espíritu diabólico que reía con odioso deleite cada vez que Cacho rabiaba por estar perdiéndose el momento cumbre del partido, carrera, pelea o lo que fuera.

      Al cuarto día, Doña Cata hizo un estéril intento por traer algo de cordura a aquella vida terrible que llevaba el matrimonio tras la memorable gresca:

      -Cacho, te pido que hablemos. No podemos seguir así.

      Cacho, todavía en pìe de guerra, replicó con dureza:

      -No hay de qué hablar. Seguimos juntos porque no nos queda otra, pero a partir de ahora, vos hacés tu vida y yo la mía, cada uno como si el otro no existiera.

     Doña Cata se sintió dolida de nuevo, y volvió a llorar; pero ya no tanto, porque no le quedaban demasiadas lágrimas. Tuvo que aceptar aquella imposición; pero bien que se la memorizó, y Cacho tuvo abundantes razones para arrepentirse de no haber meditado antes de hablar.

      Porque la vida seguía, después de todo; e instintivamente, el ser humano, cuando encuentra algo que le hace bien y lo rescata de una inmensa desdicha, se aferra a ello con alma y vida. Y sucedió, cosa nada extraña, que como una semana más tarde, algún desgraciado tiró un cachorrito de gato al terreno de Doña Elvira. Como solía suceder, la manada gatuna no dio inicialmente una grata bienvenida al recién llegado, salvo Majestad, que parecía más allá de esas fruslerías, y que se mostró con él tan protector como se los permitían sus ínfulas de ídolo egipcio. Pero de todos modos, Lucy, que por esos días parecía particularmente inspirada en hallar soluciones varias para muchos asuntos, consideró prudente evitar que en esa casa hubiera otro animal aparte de los que ya había, en la medida de lo posible; y fue a ofrecérselo a Doña Cata. No quiero ser exagerado, pero es posible que esta idea de Lucy haya salvado la vida de Doña Cata; porque ésta descubría de repente que tenía mucho amor para dar, pero no a quién dárselo. Vio en ese gatito, por consiguiente, una especie de ángel salvador; y de ahí el nombre que le dio, Angel. Nada más verlo, pequeño, vulnerable y necesitado de afecto, se sintió identificada con él, y derramó las últimas y tardías lágrimas que aún le quedaban, antes de llevárselo adentro y darle un  poco de leche y carne picada. Luego lo alzó, y en el ronroneo del animalito sintió algo reconfortante.

      -¿Qué hace ese animal acá?-bramó Cacho.

      -Es mío-dijo ásperamente Doña Cata, preparándose para el combate.

      -En esta casa nunca hubo un animal, y no va a haberlo ahora, ¡que se vaya!... ¡Sacá de acá esa cosa pulguienta y mugrosa!...

      -¿CÓMO, CÓMO, CÓMO?...-preguntó burlonamente Doña Cata, avanzando hacia Cacho como con ganas de romperle la cabeza-. Si alguien mugroso y pulguiento se va de acá, es usted, señor mío. ¿Cómo era aquello de vivir cada cuál su propia vida, como si el otro no existiera?...

      Cacho, de muy mala gana, se vio forzado a capitular, pero aclaró:

      -Si se me sube, te juro que lo mato.

      -Si hicieras algo así, sería tu propio fin... Pero perdé cuidado, que no se te va a subir.

      Y no se le subió; porque Doña Cata, si no lo tenía encima ni lo sacaba afuera, encerraba a Angel en una de las habitaciones que habían sido de los hijos. Allí quedaba el animalito, a veces maullando lastimeramente.

      -Catalina, ¡hacé callar a ese animal, o...!

      -O ¿qué?... Pensá muy bien lo que vas a decir, porque tengo muchas ganas de romperte el alma. O peor, tu flamante, magnífico televisor en blanco y negro. Eso te dolería más.

      Nueva capitulación de Cacho. Definitiva en lo concerniente al gato.

      Doña Cata buscó y encontró un trabajo limpiando casas por hora.

      -No voy a permitir que mi mujer salga a trabajar, como si yo no pudiera mantenerla-protestó Cacho, que en lo concerniente al rol de la mujer tenía ideas del tiempo de Moisés, y nada parecía saber de la liberación femenina, ni de la necesidad actual de que ambos cónyuges sostengan financieramente el hogar.

      -Me parece perfecto-dijo sarcásticamente Doña Cata-, pero para eso primero te falta tener una mujer. Acordáte de que yo no existo.

      Para Cacho, la condición impuesta por él mismo se estaba volviendo una pesadilla. Doña Cata no le cocinaba, no le lavaba la ropa, no le tendía la cama... Porque, por supuesto, dormían ahora en camas separadas, Cacho en el lecho matrimonial, y su mujer en el de uno de los hijos.

      El acabóse llegó cuando luego de un tiempo, Cacho notó que su mujer a veces volvía más tarde del trabajo, porque de éste no iba directo al hogar. Dónde  pasaba esas misteriosas horas de ausencia, él no lo sabía. En realidad, Doña Cata iba a un inocente grupo de oración y descubría, como había dicho Lucy, que le estaba haciendo bien; pero no consideró pertinente dar cuenta de ello a su marido, teniendo en cuenta la famosa regla de convivencia según  la cual cada uno de ellos ignoraría la existencia del otro.

      -Se terminó, Cata, estoy saturado-bramó una noche, viendo llegar a Doña Cata-. Ya mismo me decís de dónde venís.

     -¿Y a vos qué te importa?-replicó belicosa Doña Cata, avanzando amenazadoramente hacia él-. Yo no existo, ¿no? Lo cual, por otra parte, ya era así antes de que pasara todo esto. Yo existía para mimarte, para estar pendiente de todos tus caprichos y necesidades, y nada más. En cualquier otro asunto, yo era el Fantasma de Canterville. Así que dejáme en paz. Dedicate a tu querido televisor, que ya no me interesa que lo veas veinticinco de las veinticuatro horas del día.

      -Mirá, no me salgas con esos reproches.  Yo me hice teleadicto porque vos estabas pendiente todo el tiempo de vida y milagro de hasta el último ratón del vecindario. Quería otra cosa que no fueran tus eternos chismes.

      -¿Chismosa? ¿Yo?...-rugió Doña Cata; pero esta vez, su conciencia la hizo achicarse un tanto-. Bueno, está bien: sí, fui chismosa. Pero no me vengas con cuentos. La cosa fue exactamente al revés: me volví así para llenar el vacío que me quedó luego de que me cambiaste por tus múltiples e interminables programas deportivos, querido mío. Así que ahuecá el ala.

      -Qué amnesia conveniente que te vino ahora, ¿eh?, qué amnesia conveniente que te vino ahora, ¿eh?...-replicó venenosamente Cacho.

      -No tiene sentido, me parece, discutir ahora, luego de tanto tiempo, si fue primero el huevo o la gallina; no hay forma de comprobarlo. Así que manejémonos según  tu criterio de el otro no existe.

      Siempre me he arrepentido de mis palabras, nunca de mi silencio. Cacho la había embarrado de lo lindo imponiendo aquella famosa regla. Luego de tan garrafal error, podría haber escarmentado, pero bien se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

      -¡Suficiente!-rugió-. En mi casa mando yo, y mientras vivas conmigo, vas a hacer lo que yo diga.

      Doña Cata pareció pensarlo.

      -Haber- empezado por ahí-dijo siniestramente-. A grandes problemas, grandes soluciones.

      Sin decir esta boca es mía, tomó un bolso ante los asombrados ojos de Cacho. ¿Esta loca es hasta capaz de irse con tal de no reconocer que está haciendo las cosas mal?..., pensó.

      Veinte minutos más tarde, se abría la puerta de calle del hogar del matrimonio Sanguinetti.

      -P-P-Pero... Pero es que...-tartamudeaba Cacho, sacado de la casa por su mujer a empujones, tratando de atajarla con el bolso lleno de ropa que le había preparado ella.

      -¡¡¡CALLATE LA BOCA!!!-tronó Doña Cata-. ¡YO PAGO TU REMÍS CON TAL DE QUE TE VAYAS ADONDE SEA!-y le cerró la puerta en la cara.

      -¡CATALINA, ABRÍME YA MISMO!-exigió Cacho, aporreando la puerta.

      Escuchó unas voces que venían de la calle, ambas a voz en cuello, resonando entre las tinieblas de la noche:

      -¿POD QUÉ... EH...POD QUÉ LA VIEJA CHIZMOZA LE ZEDÓ LA PUEDTA EN LA CADA AL VIEJO TONTO?

      -¡OH!...¡MARTINCITO!...-horror supremo en la voz de la madre del chiquitín.

      Cacho, avergonzado, se dio cuenta de que sus conflictos conyugales estaban siendo la comidilla del vecindario, se puso colorado y trató de hallar una solución pacífica y, sobre todo discreta:

      -Esteeee... Queridaaaa...-dijo, dando tímidos golpecitos a la puerta-. Dejáme pasar, hablemos esto como gente razonable, ¿sí?

      Doña Cata abrió la puerta.

      -¡¡¡Y TE LLEVÁS CON VOS ESTA BASURA ANTES DE QUE ME RAYE Y LO HAGA ÑÁCATE, COMO AL ANTERIOR!!!-estalló, poniéndo el televisor en blanco y negro ante los pies de Cacho. Y cerró nuevamente la puerta.

      -¡CATA, ABRIME YA MISMO, O ARDE TROYA!-rugió Cacho, perdiendo de nuevo los estribos y el sentido del ridículo a la vez-. ¡NO PODÉS ECHARME! ¡YO COMPRÉ ESTA CASA!

      -¡PERO TE OLVIDASTE DE PAGARLE LOS HONORARIOS A TU FREGONA, ES DECIR YO; Y CON LOS INTERESES ACUMULADOS A LO LARGO DE TODOS ESTOS AÑOS, TE LLEGÓ LA HORA DEL EMBARGO! ¡TU REMÍS LLEGA EN DIEZ MINUTOS: UN FIAT DUNA ROJO!

      Cacho tuvo que rendirse. Decidió pasar  esa noche en lo del Chiqui Peralta y al día siguiente buscar alojamiento en una pensión. Mientras esperaba que viniera su remís, vio llegar una moto, una magnífica Kawasaki, que fue a  estacionarse frente a la casa de Doña Elvira antes de que el motociclista abriera la puerta de acceso al terreno de la mujer y entrara con moto y todo, como si llevara años viviendo ahí.

      ¿Y este fulano quién es?, se preguntó, estirando el cuello con curiosidad, como no tanto tiempo atrás solía hacerlo su mujer.

      El género masculino parecía no estar precisamente de parabienes esa noche. Menos de cinco minutos más tarde, la voz áspera y colérica de Doña Elvira desgarraba la... ¿quietud? de la noche.

      -¡NUNCA MÁS PONÉS UN PIE EN MI CASA! ¡TE VAS YA MISMO, O LLAMO A LA POLICÍA!

      Doña Elvira estaba que trinaba. Fabio nunca le había caído muy bien, pero mientras hizo feliz a Débora, fue amable con él. Ahora las cosas habían cambiado. Débora era una tonta en seguir apegada a tan dudoso ejemplar; sin embargo, no se le podía prohibir que saliera con quien quisiera. Pero Doña Elvira no tenía por qué admitirlo en su hogar.

      Mientras Fabio trataba infructuosamente de abogar en su favor, de demostrar que él era tan puro e inmaculado como todos los angelitos del Cielo juntos, de hacer ver a la vieja que privar a Débora de la gloriosa e incomparable visión del dios griego que tenía por novio rompería el corazón de la chica, etc., Majestad tuvo el tupé de refregarse contra los pies de su dueña, maullando significativamente y mirando al joven con una expresión que a éste no gustó nada. Era  hora de que cierta gentuza dejara de ser admitida en los mismos sitios frecuentados por la realeza, parecía decir aquel gato engrupido, enarbolando su peluda cola de felino semiangora como si se tratase de un estandarte de guerra.

       -¡TE VAS YA MISMO!-seguía vociferando Doña Elvira cuando al fin llegó el remís de Cacho. ¡Bah!, pensó éste, molesto. Podía haber demorado un poco más el remisero. Se perdería el final de aquella telenovela, género que al parecer podía ser tan interesante como el mejor partido de fútbol.

      Al poco tiempo, Fabio partía despechado a bordo de su queridísima moto (no tan queridísima como su propia persona, pero queridísima al fin) e irse de parranda con su amigo Leonardo, ya que Débora no estaba en casa ni sabía dónde encontrarla (sabiamente, teniendo en cuenta que Fabio y ella habían peleado el día anterior, había optado por ir al cine con unas compañeras de colegio que la habían invitado, pero eso Doña Elvira no se lo dijo). Por el camino pasó por el quiosco de los Alvarez. Linda minita esa Lucy, pensó, insaciable. Pero para su gran decepción, el señor Alvarez fue quien acudió a atender el timbre. No se asombró de que el quiosquero lo mirara mucho y muy atentamente: los bellos generalmente suscitan esa previsible reacción, a veces provocando lógicas inversiones sexuales.

      El interés del señor Alvarez, no obstante, era entre científico y artístico: ¿Qué le verá Débora a este pavote? El Señor Yo. Yo soy muy lindo, Yo soy lo mejor que hay en el mundo. Yo, Yo, Yo. ¿Yoyó? ¿Superyoyó, tal vez? La sutil trascendencia hacia los planos superiores del Ello y el Superyoyó, se llama el horroroso cuadro que me regaló mi yerno. ¿Se habrá inspirado en este idiota? ¿El Superyoyó será el ego del tarado éste? Con razón el cuadro es tan feo. Pensó en el edificio dientón y con cara de malvado que junto con un automóvil de expresión similar eran los motivos principales de la execrable obra pictórica. Tengo que decirle a Picasso que hay que cambiarle un poco el título. Porque la trascendencia del ego de este imbécil no tiene nada de sutil. Es más rápido que una bala y más fuerte que no sé qué cosa, como Superman. Sí, Picasso debe haber querido pintar el ego de Fabio. Un ego dañino y malvado como un mutante del espacio exterior. Si es así, le salió bien. Sigue siendo un cuadro espantoso y poco decorativo, por no decir nada; pero todo sea con tal de encontrarle al menos algún significado profundo.

      -¿Qué cigarrillos vendés?-preguntó Fabio, cuando consideró ya haber halagado y deleitado lo bastante al quiosquero con su inconmensurable y resplandeciente belleza.

       -¿Otra vez?... ¡Cuántas veces tengo que decirte que no vendo!- y me gustaría que dejaras de tratarme tan familiarmente, mocoso, que bastante me repugnarías inclusive si me mostraras un poco más de respeto.

      -Ah, cierto-dijo Fabio, sin darle importancia al asunto. Chau, suegro. Qué linda es tu nena, pensó mientras, sin saludar, volvía a montarse en su moto cual cowboy sobre su caballo.

      Chau, Míster Moto, pensó el señor Alvarez. La verdad, la única razón por la que no me caés del todo mal es que a Lucy por lo menos la dejás en paz. Los scouts, como yernos, son insufribles; los blackmetaleros lo serían todavía más; pero para encontrar algo de veras desagradable tenemos que recurrir a tu persona. Porque el señor Alvarez sabía por su hija cómo trataba Fabio a Débora, y algunas cosas lo indignaban.

    

     

     

Modificado el ( jueves, 15 de octubre de 2009 )
 

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