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JESÚS DIO SU VIDA POR DÉBORA (Parte 12 de, creo, 19 ó 20) PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por EDUARDO ESTEBAN FERREYRA   
domingo, 04 de octubre de 2009

      Debe aclararse que no era Lucy la única que miraba con desconfianza la extraña biblioteca del señor Alvarez: su propia esposa consideraba que algunos libros estaban de más en ella, y le habían impedido que se explayara sobre el contenido de los mismos. Esto apenaba un poco al señor Alvarez, pero lo aceptaba. Su mujer y su hija debían admitir que, pese a tales lecturas, la fe de él parecía más sólida que la de ellas, aunque no era menos cierto que para que cumpliera con sus deberes cristianos a veces había que arrearlo como a ganado. A veces, esa tarea corría por cuenta de su familia; en  otras ocasiones, se encargaban otros cristianos; y en la mayor parte de las veces ocasiones, se hacía cargo su atribulado aunque ya curtido ángel de la guarda, cuando no el mismísimo Todopoderoso. Claro que algo de eso ya se ha visto.

      Tal vez debido a esa mayor solidez de su fe, en los días siguientes, el señor Alvarez, acicateado por la curiosidad, no temió hacer ciertas indagaciones acerca del satanismo. A lo que sí le temía, al parecer, era al pincel y el tacho de pintura. Los graffittis obscenos y satánicos seguían allí, en el frente de la casa. Ni el señor ni la señora Alvarez ni su hija, por supuesto, estaban de acuerdo con lo que ellos pregonaban; pero el primero estaba harto de pintar la pared una y otra vez, sólo para que volvieran a escribirle cosas encima. Así que se preguntaba qué sentido tenía emprender aquella labor una vez más, sólo para que los dudosos héroes del aerosol retornaran a sus andanzas.

      -¿Tenés que buscar mercadería mañana?-le preguntó un día su esposa.

      -No. ¿Por?

      -Se me ocurrió que, si no ibas a estar, podía aprovechar para pintar esa pared del frente que ya me tiene harta.

       El señor Alvarez lanzó un suspiro.

      -Querida, qué sutil que sos para decirme que me encargue de hacer lo que tengo que hacer-dijo, consternado-. Mañana a la tarde me ocupo de eso.

      -Pero querido, no trataba de ser sutil, ni te reprochaba nada. Lo que pasa es que, bueno, ya sabés que no tengo tu afición a la lectura, y lo más divertido de la televisión son tus comentarios venenosos sobre la programación. Si no estás vos, la tarde va a ser un plomo, esperando eternamente a que venga alguien a comprar. El quiosco rinde, pero es así de esclavizante.

      -De los siete malditos pecados capitales, uno de los que más me gusta es la pereza-se lamentó Alvarez-; así que antes de que termine volviéndoseme adicción, mejor hago algo. Yo pinto la pared, pero vos cebame mate mientras tanto.

      -No faltaba más, querido.

      No estoy muy seguro de que el caradura de Alvarez no haya rezado para que al día siguiente lloviera. Si así fue, mucha fe no debe haber tenido en que su ruego fuera escuchado, porque el Señor lo sabía remiso y no hacía nada para facilitarle la vida demasiado cómoda.  En cualquier caso, el siguiente día fue fresco, pero con un sol radiante; de modo que Alvarez, gruñendo maldiciones, puso manos a la obra. Lo que más le reventó fueron los comentarios de los vecinos. Unos, maliciosos, dijeron que el hecho de que por fin se hubiese dignado pintar aquella pared sí que era un milagro comparable a la multiplicación de los panes; e hicieron parodias de rezos tan devotos como agradecidos: Otros no llegaron a tanto, pero resultaron igualmente irritantes; caso de Nacho, un muchacho de catorce años que era boy-scout.

     -¿De nuevo pintando la pared, don?-preguntó el joven scout.

     Qué va. ¿Como se te ocurre? Esto es una nueva forma de meditación trascendental, que se ha puesto de moda, hubiera querido responderle Alvarez. Pero sintió la voz amenazante y severa de su ángel de la guarda susurrando siniestra en su conciencia:

      -Ni se te ocurra.

      Por consiguiente, y por tonta que fuera la pregunta, Alvarez debió tragársela. Muy mal sabor habrá tenido, puesto que se lo vio hacer unas muecas espantosas antes de que su semblante se estabilizara en algo que llamaremos una sonrisa, aunque sus dientes estaban más dispuestos a morder al próximo que preguntara algo similar, que a ser amable.

      -Y...sí-murmuró.

      -¡Qué cosa!... Todo para que se la vuelvan a ensuciar en cuanto se descuide.

      ¿Y tenías que recordármelo, pedazo de nabo?, pensó Alvarez, amargado; pero no respondió, porque entonces sí se hubiera puesto irónico.

      Afortunadamente, Nacho decidió despedirse y seguir su camino. Entonces dijo el señor Alvarez a su esposa que, fiel a su palabra, estaba firme al pie del cañón, cebando mate:

      -¿Este pibe me está cargando, o qué? Debería existir una ley que prohibiera burlarse de los trabajadores, especialmente si éstos son renuentes. Como castigo sugiero silla eléctrica para los que lo hagan por primera vez; ya pensaremos en otros más graves para los reincidentes.

      -Vos siempre tan dulce, querido. Sí, la pregunta fue bastante estúpida, pero inocente. Lo que pasa es que vos seguís sin tragar a los scouts, porque un posible yerno tuyo es scout...

      La señora Alvarez se refería a Nahuel, el último novio de Lucy. Nahuel, en efecto, era boy-scout, y resultaba muy difícil soportarlo, ya que en su agrupación había llegado a ocupar un rango al parecer bastante elevado, Megacomandante de las Fuerzas Galácticas a juzgar por los humos que en él había producido el cargo. Ese detalle, sumado al hecho de que el desvergonzado había tenido la osadía de convertirse en el  novio de la nena, en su momento había estimulado el interés del señor Alvarez por el escultismo: quería aprender de los scouts a hacer nudos y luego utilizar esos conocimientos para ahorcar a Nahuel.  Si no avanzó en dicho aprendizaje, fue porque notó en su ángel de la guarda un interés similar harto preocupante, y desconfió. Luego la propia Lucy se aburrió de la pedantería de su novio, y lo mandó de paseo; pero eso era un hecho bastante reciente, en coincidencia aproximada con la primer clase de computación que ella impartió a Débora. Para entonces, el señor Alvarez ya se había acostumbrado a las idioteces de Nahuel; y ahora que los satanistas blackmetaleros de al lado afloraban en su mente como potenciales futuros yernos, extrañaba al anterior como a un hijo. Así que fue sincero en su respuesta:

      -No. Puede que yo no tenga toda la paciencia que debería, pero te aseguro que el hecho de que Nacho sea scout no tiene nada que ver en esto.

      Y siguió pintando antes de que el consabido sujeto del olor a azufre lo tentara a dejar el trabajo.

      Por aquellos días, el otro único incidente notable en relación a la historia que nos ocupa vino de casa de Doña Cata, que seguía en su casa, olvidada por su esposo Cacho, que continuaba peregrinando de casa de amigo en casa de amigo para no perderse la programación deportiva de la TV. Doña Cata sabía que aquello no podía prolongarse eternamente; que los múltiples amigos de su marido un día, educadamente o de otro modo, le harían ver que sus televisores no estaban a disposición de él. Entonces, pensaba, él volvería a casa, y reiniciarían una verdadera vida matrimonial, y no la caricatura en que su relación se había convertido.

      Un día a eso de la una de la tarde, sonó el teléfono en lo de Doña Cata, y ella fue a atender, y se sorprendió al escuchar la voz de su marido, mucho más cariñosa de lo habitual:

       -¿Querida?

       -Este... Sí, Cacho, ¿qué tal?

       -Bien. Te quería pedir que a eso de las tres, no te muevas de casa, que te quiero dar una sorpresa.

      -¿Una sorpresa?-Doña Cata emocionada.

      -Sí, mi vida. No te muevas de casa, ¿eh? Te quiero. Nos vemos después; ahora tengo que trabajar.

      Doña Cata colgó. ¿Qué será?, se preguntó, contenta e ilusionada. Va a salir del trabajo antes, y me va a llevar al cine, y luego a cenar. O me va a mandar un ramo de rosas.

      A las tres de la tarde no sucedió nada, pero a eso de las tres y cuarto sonó el timbre. Doña Cata salió corriendo a atender, casi a la velocidad de la luz. Al abrir la puerta, se encontró con un hombre fornido como de unos treinta y cinco años, un tanto rústico de aspecto.

      -Buenas tardes-dijo el hombre-. Vengo a entregar el televisor.

      -¿¿¿EL QUÉ???...-replicó Doña Cata, rugiendo casi.

      El hombre no se dejó impresionar por aquella recepción tan feroz y poco cálida. Como tenía un remito, lo consultó.

      - Un televisor. Está a nombre de Sanguinetti, ¿puede ser?

      -Eh, esteeeee... Ah, sí, claro, es acá...

      -Ajá. ¿Dónde quiere que se lo ponga, doña? Rapidito que estoy retrasado, ¿puede ser?

      -Sí, sí-contestó Doña Cata. El hombre debía ser realmente fuerte, porque bajó él solo una caja inmensa, con no más dificultad de lo que otra persona cargaría con una pluma-. Por acá por favor. Uy, esa cosa es enorme, ¿podrá ser que la saque de la caja? Yo creo que no voy a poder sola...

      -Por favor, señora, no faltaba más. Eso sí, si mientras tanto me firma el remito para ganar tiempo...

      Doña Cata tomó el papel, buscó una lapicera y firmó donde debía. El empleado sacó de la caja el aparato y el control remoto. Tenía pantalla plana (el aparato, no el empleado ni el control remoto, se entiende) y qué sé yo qué otros últimos adelantos de la tecnología. Debía ser lo último salido al mercado argentino.

      -¡Hummm!-gruñó-. Parece que falta la garantía.

      -No vale la pena. No hace falta-dijo Doña Cata. con voz gélida.

      -Señora, gracias por su confianza; pero tenga en cuenta que estas cosas se fabrican en serie, se hace el control demasiado rápido y...

      -Suficiente. Si me espera un poquito, le voy a demostrar que no es necesaria la garantía. Ahora, si quiere trabajar al cohete y traer una garantía innecesaria, es cosa de usted. Pero el televisor queda acá.

      -Esteeee... Bueno, espero.

      Doña Cata se retiró al cuartito de herramientas de su esposo, en realidad una dependencia del garaje, y volvió de allí, para sorpresa del empleado, con una maza casi más grande que ella misma. Con una furia y una energía sólo comparables a la del mítico Thor, descargó uno, dos, tres mazazos sobre el aparato. Acto seguido se volvió hacia el horrorizado empleado, que no entendía nada y que consideraba aquello como un crimen. Un crimen pasional, de hecho, pero de tanto él no estaba enterado.

      -Tengo todavía para rato acá-dijo Doña Cata-. ¿Todavía cree que falta la garantía?

      -Eh... No, supongo que no-balbuceó el empleado.

      -Pero espere-dijo Doña Cata-, no sea que el cretino de mi marido, como falta la garantía, se quiera agarrar de eso para reclamar judicialmente un televisor nuevo, y con su suerte, tengan que darle uno. Vamos a arreglar eso.

      Y tras preguntar el nombre del empleado, escribió en el remito: HE DESTRUIDO ESTE TELEVISOR EN PRESENCIA DEL SEÑOR ADELINO CHÁVEZ, EMPLEADO DE LA EMPRESA. Y firmó y aclaró su firma al pie de esa nota, para luego acompañar al pasmado y confundido empleado hasta la puerta y proseguir con su labor destructiva.

      A eso de las siete de la tarde, previo paso por el supermercado para abastecerse de cerveza, papas fritas, chizitos, palitos salados, salamín, queso, aceitunas y quién sabe qué otras cosas para hacerse una regia picada (o mejor dicho, para pedirle a Doña Cata que la hiciera) volvió Cacho de su trabajo, exultante de alegría y en compañía de dos de su legión de amigotes, para tomar por asalto el living de la casa y ver el partido de fútbol de Argentina contra no sé quién, o Boca contra no sé quién, o no sé quién contra no sé quién, ya que para mí todos los partidos de fútbol son iguales y por lo tanto es lógico que no recuerde quién jugaba contra quién. Pero tengan ustedes la seguridad de que no hubo ni habrá nada semejante a lo que ocurrió cuando Cacho entró en su hogar y vio en qué se había convertido su maravilloso televisor de última generación, para comprar el cual debía haber empeñado hasta su alma según cálculo de Doña Cata. Dice esta última, que al ver tal espectáculo, y a su mujer sentada en el sillón empuñando todavía el arma destructora, primero no pudo hablar, y fue poniéndose primero blanco, cada vez más blanco, hasta que la sangre volvió a su rostro, tornándolo púrpura. Entonces resonó un alarido bestial, una voz realmente monstruosa, deformada por la cólera hasta límites irreconocibles:

      -¡¡¡PERO QUÉ HICISTE, LOCA DE...!!!

     Ni les cuento la que se armó a continuación. A lo mejor ya están enterados: creo que el griterío aquel se oyó hasta Saturno como mínimo. Se dijeron de todo. ¿Dijeron? Rugieron como para quedarse afónicos. Gracias a Dios, Cacho no recurrió a la violencia física, ni Doña Cata recordó que empuñaba todavía la maza. En ese momento, eran enemigos mortales uno del otro; así se ciega la gente poseída por la cólera. De más está decir que los dos amigotes, como el célebre León Melquiades, huyeron hacia la derecha a ver el partido de fútbol en otro lugar.

      Una hora, una terrible hora duró aquella pelea aterradora. Al final, las voces habían bajado de tono, pero seguían mirándose con algo muy parecido al odio, no obstante hallarse bastante desinflados los dos. Cacho se encerró en la habitación que había sido de uno de sus hijos, con expresión de niño enfurruñado. Doña Cata entonces miró a su alrededor, los restos del televisor destruído, símbolo adecuado, también, de su ruina matrimonial, y se sintió miserablemente sola y triste. ¿A quién tengo que pueda escucharme y entenderme?, pensó.

      Por casualidad, Lucy estaba de visita en casa de Doña Elvira, pero Doña Cata no lo sabía; ella pensó en Débora, aunque sólo porque ambas habían coincidido en una visita a una sicóloga, infructuosa para ambas. Las tres mentadas, por supuesto, habían escuchado la terrible batalla que se libraba enfrente, pero sin poner demasiada atención, porque no se ocupaban de esas cosas. No estaban preparadas para lo que sucedió a continuación:

      Con expresión de zombi, Doña Cata abrió la puerta de calle, sin llamar, como si viviera allí, y entró en la casa con la misma familiaridad. Lucy, la más habladora de las tres, calló de inmediato, como si el mundo se hubiera paralizado.

      -Disculpen-dijo Doña Cata, ya con las primeras lágrimas devastándole el rostro-. Es que no tenía otro lugar adonde ir-explicó, sentándose en la primer silla que encontró libre -. No tenía adónde ir-repitió una vez más, y su llanto redobló, un llanto silencioso, sufrido, que hacía mal. Hacía mal porque provenía de la chismosa del barrio, un personaje payasesco a quien todos encontraban molesto o cómico, pero que nadie asociaba con la tragedia.

      A nadie asombrará, por lo tanto, que no sólo Lucy se conmoviera ante aquella escena tan terrible, sino también las mucho más hoscas y duras Débora y Doña Elvira. Esta última, poco experta en eso de consolar, le tomó la mano a su vecina de enfrente, y dijo:

      -Me voy a la cocina a hacerle un té, m'hija. Cálmese, que no hay mal que dure cien años, ni vale la pena que sufra por el zanguango de su marido.

      Doña Cata alzó la vista, y el rostro arrugado y sufrido de la vieja vinagre le pareció dulce como la miel; porque se dio cuenta de que ella le estaba brindando todo el amor del que disponía su corazón, tan reacio al afecto. Esto la hizo sonreír en medio de sus lágrimas.

      -Gracias-dijo-. No sé qué va a ser de mi vida ahora, ya no me queda nada; pero les agradezco que me apoyen en este mal momento.

      -Le queda algo, señora-dijo Lucy, muy decidida, apretando la mano de Doña Cata-: Dios, si lo quiere en su corazón.

       -Te agradezco, querida-replicó Doña Cata, sonriendo otra vez en medio de sus lágrimas-, pero yo no creo en esas cosas.

      -Pero no le queda nada más-siguió diciendo Lucy, decidida-. No pierde nada acercándose a nuestra iglesia y a nuestro grupo de oración. Mal no le va a hacer. En el peor de los casos, no le haría nada. Pero yo sé que le va a hacer bien.

      Viendo que aquello se desviaba hacia el tema de la religión, Débora se apartó como con asco y desagrado, y se quedó aparte. Pero Doña Cata escuchó atentamente a Lucy, porque estaba necesitada de consuelo.

      -Dios la ama-dijo Lucy-, porque ve en usted el rostro de Jesús, su Hijo. Y le digo más-su voz se quebró-. YO veo hoy en usted el rostro de Jesús-las lágrimas empezaron a correrle en su rostro-. Para mí eso es una bendición, porque es mi obligación ver el rostro de Jesús en cada uno de mis hermanos...

      Ante aquella frase, Débora pegó un respingo y, no supo por qué, se apareció en su mente el rostro de Dieguito: aquel nenito de mirada cargada de dolores ignotos a quien tan a menudo encontraba aspirando pegamento cuando salía del colegio por la noche.

      -...pero nunca pude verlo en usted. Hasta ahora-continuó  Lucy, abrazada a Doña Cata-. Este momento de dolor va a pasar-dijo, como profetizando; lo que, tal vez, estaba haciendo realmente-; pero tenía que ocurrir para que ocurrieran muchas cosas buenas, como de los seres que mueren y se descomponen se forma el humus que hace crecer el pasto.

      Débora seguía viendo a Dieguito aspirando pegamento. Recordó un comentario que Fabio le había hecho al mencionarle lo mucho que la perturbaba ver a alguien tan joven iniciarse en el mismo camino de la droga que ella había recorrido:

      -No es culpa tuya. No podés arreglar los problemas del mundo. Son los padres de ese chico los que se tienen que hacer cargo. Ni siquiera lo conocés, ¿qué te vas a meter?...

      Fabio será un desgraciado, pero tiene razón. No es culpa mía, pensó; pero la reflexión no la satisfizo. No puedo arreglar los problemas del mundo, insistió; pero este segundo intento tampoco fue suficiente. Ni siquiera lo conozco, ¿qué me voy a meter?... Y en ese momento, en lo profundo de su psiquis, Dieguito alzó la vista de la bolsa con el pegamento que estaba aspirando, y la miró de una forma estremecedora; tal vez, tal como Jesús miró a Pedro luego de que él lo negara tres veces.

      Y aunque no estaba amaneciendo ni cantó ningún gallo, Débora, como también nos dicen los Evangelios que hizo Pedro luego de negar tres veces a Jesús, salió afuera y lloró amargamente.

     

  

     

     

Modificado el ( jueves, 15 de octubre de 2009 )
 

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