¡DISCERNIMIENTO!IV. ESTADOS INTERIORES
"Mi alma está turbada"1. CONSOLACION "Llamo consolación cuando en el alma se causa alguna moción interior que la inflama de amor a su Creador y Señor; ya no puede amar a ninguna cosa creada sino al Creador de todas ellas. También cuando derrama lágrimas de amor a su Señor, ya sea por el dolor de sus pecados, o de la Pasión de Cristo, o de otras cosas directamente ordenadas a su servicio y alabanza. Finalmente, llamo consolación a todo aumento de fe, esperanza y caridad, y a toda alegría interior que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud del alma, aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor." (San Ignacio, regla 1.3). Los elementos esenciales son: la paz tranquila en Dios (lo mejor), la fuerza o crecimiento, y el gusto que da (lo menos importante). Produce frutos notables: facilita la vida espiritual, ayuda a vencer las dificultades iniciales, y da brillo y perfección a nuestras obras. Hay dos tipos principales: consuelo sensible (propio de principiantes), y verdadera alegría y gozo espiritual (en almas experimentadas), menos sensible y más profundo. "Estimemos estas gracias como grandes no tanto por lo que son en sí, cuanto porque con su misma mano Dios las pone en nuestro corazón, como una madre que para mimar a su hijo, le va poniendo ella misma uno a uno los confites en la boca" (San Francisco de Sales). En tiempo de consolación se debe pensar en la próxima desolación (regla 1.10), no para amargarse en consuelo sino para tomar una experiencia de la luz y del amor de Dios y vivir luego de sus frutos. Ha de ayudar siempre el humillarse sinceramente en la presencia de Dios (regla 1.11), no sólo para conservarse en la Verdad y ser consecuente con mi pequeñez, sino para no desmerecer la consolación y disponerse a recibir cada día mayores favores divinos; como dice la Escritura: "Humíllense ante el Señor, y Él los ensalzará " (Stg 4,10). Aprovechar la fuerza para ahondar en la propia miseria. Humildad para reconocer que somos los mismos de antes y que nada merecemos, y prudencia para prever el futuro alimentándonos de la gracia sensible de hoy. Una forma práctica podría ser esforzarnos por crear hábitos que nos sostengan cuando pase la euforia (ej. oración personal diaria fija, misa diaria, lectura del Evangelio). Se debe tener cuidado de no hacer opciones, votos y promesas que luego a la larga se cumplen con dificultad, pues han de hacerse con madurez, conciencia y paz. Si se está maduro, no se pretenda ver en la luz del consuelo o en la aridez del desierto la Voluntad de Dios, sino purificar el alma con la experiencia alternante y ver claro a la luz de un recto sentido común iluminado por la fe. Las consolaciones tienen siempre un valor inmediato: purificar el alma para que ella misma vea con mayor claridad. También pueden ser portadoras de un mensaje, ser en sí mismas un signo (esto vale tanto más cuanto que el alma esté más pura de afectos desordenados). Pero en todo caso son posibles los engaños y siempre es conveniente el consejo pastoral. No se deben buscar las consolaciones por sí mismas (sería un afecto desordenado). Más bien, debemos estar dispuestos a carecer de ellas por servir sólo a Dios. Pero, conociendo nuestra debilidad, las necesitamos para mejor servir al Señor. "Es necesario de vez en cuando renunciar a semejantes consuelos, despegando de ellos el corazón y protestando que no son ellos lo que buscamos, sino Dios y su amor santo. Y hemos de resolver amarle constantemente, aunque en toda la vida no hubiéramos de sentir consuelo alguno, y decir tanto en el Calvario como en el Tabor: "Señor, bueno es estar aquí contigo' (Mt 17,4)" (San Francisco de Sales). La consolación induce a fiarse y dejarse llevar por ella. No obstante, puede esconder peligros. Puede no ser de Dios: consuelos en pecadores, evidentes y farisaicos (y que los mantienen en pecado), o consuelos que acaban en cosas malas, distractivas o menos buenas (regla 2.5). "Es doctrina general que los afectos se han de conocer por sus efectos. Cuando las consolaciones nos hacen más humildes y caritativos, más fervorosos en mortificar nuestras malas inclinaciones, más constantes en los ejercicios buenos, y de vida más sencilla, son de Dios. Pero sí, teniéndonos ya por unos santos, no queremos sujetarnos a dirección y corrección alguna, sin duda son consuelos falsos" (San Francisco de Sales). Resumiendo, son de Dios los gustos sensibles que destraban el corazón y los ponen en Dios, y la paz profunda aún en medio de muchas dificultades. Ver también las reglas 1.3 1.10 1.11 Otras citas de la Escritura: Sal 23,4;86, 17;94,19; Is 49, 13; 51, 12; 66, 13; Jer 31, 13; Mt 5,5; Hch 9, 31; 2 Cor 1,3-7. 2. DESOLACION Llamo desolación a todo lo contrario de la consolación, así como oscuridad del alma, turbación, moción a cosas bajas o terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidelidad, sin esperanza, sin amor, hallándose el alma toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor. (San Ignacio, regla 1.4). Inmediatamente puede provenir de nuestro estado de ánimo (normal o anormal), o de nuestras asociaciones de ideas que proviene del mal espíritu porque tal estado interior suele inducir inmediatamente al mal, o porque a veces el demonio acecha directamente con sus insinuaciones (tentación). Pero en último término es Dios quien produce o permite la desolación para nuestro bien. Hay cuatro tipos: intelectual (aridez de pensamiento, confusión, criterios falsos de evidencia deslumbrante, etc.) imaginativa (distracción, divagación, tentación, imágenes vivas impertinentes, etc.), sensible (resentimiento, atracción, temor, gusto, tristeza, pereza, desconfianza, etc.), y de voluntad (sequedad de afectos, rebeldía, frialdad, perversión, falta de amor, etc.). Si estoy en pecado mortal, la desolación viene frecuentemente de Dios (regla 1.1.), para destrabarme de mi estado de pecado (invita a la conversión). Si estoy en gracia de Dios, es una invitación a la madurez espiritual (integración de mi propia vida espiritual), para ayudarme a proceder no por ganas o sentimientos sino por convicciones; para darme un mayor sentido de responsabilidad en mis acciones; para adaptarme a mi realidad: "No te ensoberbezcas en tu corazón ni te olvides de Yavé, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud, que te ha conducido a través de un vasto y horrible desierto, de serpientes venenosas y escorpiones, tierra de sed y sin agua; El hizo brotar para ti agua de la dura roca y te ha alimentado en el desierto con el maná, a fin de humillarte y probarte para prepararte un futuro dichoso" (Deut 8,14-16). Conviene distinguir si ha precedido culpa o no de nuestra parte. Si no tuve culpa: ejercito mi humildad, todo es ganancia (para que trabaje sin sueldo para el Reino de Dios, para que reconozca que la desolación no viene de mí). Si tuve culpa: a reconciliarme y en paz. Hay tres causas principales de desolación (regla 1.9): por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestra edificación (No ser que lo espero todo de Dios?); para probarnos y ver cuánto somos capaces de jugarnos por Jesucristo (es un momento privilegiado para el testimonio; ver Mc 8,38); y para que conozcamos nuestras reales posibilidades (crecer en humildad). San Juan de la Cruz aconseja: "Nunca faltes a la oración, y cuando tuvieres sequedad y dificultad, con más razón persevera en ella, porque Dios quiere muchas veces ver lo que tiene tu alma, lo cual no se prueba en la facilidad y el gusto". Ver las reglas 1.5 1.6 1.7 1.8. Citas de la Escritura: Sal 69 y 121, 7; Stg 1,2-4. 12-15; 2 Cor 6,4-5; Heb 12,5-13; Ecl 2,3-5. 3. TENTACION El universo es el campo de batalla de dos reinos: el Reino de Dios y el reino de las tinieblas. Nuestra vida es un combate espiritual (ver Ef 6,10-20): y no son tanto de temer en esta lucha continuada las tentaciones abiertas como las disimuladas. "Preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo que cuanto más celosos seamos de nuestra salvación, tanto más violentamente nos atacarán nuestros adversarios. Pero el que habita en medio de nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de El, en cuyo poder tenemos puesta nuestra confianza. El venció a su adversario con las palabras de la Escritura. Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de El. Ha vencido para que seamos también vencedores. No hay virtud sin tentaciones, ni fe sin pruebas, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla. La vida pasa en medio de emboscadas y sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, hay que vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. Por eso dijo Salomón: "Si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación" (Eclo 2,1); sabía que no hay fervor sin trabajos y combates, y previendo los peligros, nos los advierte para que estemos preparados para rechazar los ataques del tentador. Pues "no es nuestra lucha contra enemigos de carne y sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso" (Ef 6,12). Hay entre ellos y nosotros una oposición inveterada, fomentada por la envidia diabólica, de modo que nuestra santificación los tortura. Nuestros remedios son llagas para ellos, pues la curación de nuestras heridas los hiere. "Estén alerta, ceñidos con la Verdad, revestidos con la coraza de la justicia y calzados con el celo por anunciar el Evangelio de la paz. Lleven en todo momento el escudo de la fe y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios" (Ef 6,14-17)" (San León Magno). Las tentaciones son ataques que provienen del exterior, y muchas veces consisten en consolaciones y desolaciones, como hemos visto. Pero otras veces, aunque no consistan propiamente en consolaciones y desolaciones, lo cual da características especiales a la situación real del alma. Conviene tener muy presentes las reglas de San Ignacio: En tentación nunca hacer cambios (1.5), trabajar intensamente contra la tentación (1.6), saber que tenemos la gracia para vencer (1.7), crecer en paciencia (1.8), y discernir la causa de mi estado (2.5.). Sobre todo en tiempo de tentación debemos tener: a) Diligencia en rechazar rápidamente la tentación, enfrentándola sin temor (1.12). No dejarse impresionar por lo que pueda sentirse, ni dialogar con el tentador. La primera habilidad del maligno es que le prestemos atención; no discutir ni conversar con el "mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8,44), para no caer en sus engaños como Ad n y Eva (cf. G‚n 3,1-6). Nuestra actitud debe ser activa y no sólo pasiva: debemos atacar y poner en fuga al adversario. Por ejemplo, podemos ordenarle silencio y enviarlo a los pies de Jesús, y poner enseguida el corazón en profunda alabanza a Dios. b) Apertura de conciencia, abrirse a un discernimiento pastoral (1.13). Conservarse humilde, ateniéndose a la Providencia que quiere ayudarnos a través del hermano. Aprovechar para acrecentar la propia conciencia de Iglesia: somos miembros de un sólo Cuerpo (cf. 1 Cor 12,18-27). La intercesión de los hermanos es un arma poderosa. c) Vigilancia en los puntos débiles (1.14); prestar atención a los puntos flacos. El Espíritu Santo nos va integrando y revelando con su luz sanadora la realidad de nuestro ser (virtudes, defectos, dones, insanidades, etc.). Es de gran ayuda la confesión frecuente y la oración de protección de los pastores de mi comunidad. Los ataques malignos suelen tener las siguientes características: producen desolación (1.4), infunden miedo y timidez (para que no se le resista), obstruyen el abrirse a otro hermano (para no ser desenmascarados), inducen a descuidar la vigilancia (llevando en ocasión de pecado), buscan debilitar (alejan de la Eucaristía, de la Palabra, de la comunidad). En otras palabras, "cinco daños causan en el alma; la enflaquecen y la oscurecen" (San Juan de la Cruz). En los comienzos de la vida en el Espíritu, los engaños provienen sobre todo del predominio de la parte sensible. Se corre el riesgo de desanimarse en la desolación, o de quedarse simplemente en el entusiasmo superficial. Los peligros propios de aquellos que avanzan en el camino espiritual son: a) En primer lugar, la soberbia, que puede engendrarse por la experiencia adquirida, la posesión de dones y carismas del Espíritu Santo, o la confianza merecida. Como aconseja San Pablo: "El que crea estar de pie, cuídese de no caer!." (1 Cor 10.12). Ver Ez 28,1-10 y 1 Pe 5, 5-6. "Les advertimos que ni duden que el diablo, adversario de toda virtud, lleno de envidia pondrá en juego todos los recursos de su malicia para tener a la piedad lazos sacados de la misma piedad, e intentar vencer por la gloria a los que no ha podido vencer por la pusilanimidad. Pues el mal de la soberbia está próximo a las buenas obras y el orgullo acecha siempre a las virtudes". (San León Magno). b) No es raro que el enemigo asedie con razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias, para quitar la paz. "Sean sobrios y vigilen. Nuestro adversario, el diablo, ronda como un león rugiente buscando a quién devorar" (1 Pe 5,8). Frecuentemente pueden provenir de la vida comunitaria: dificultades de obediencia, envidias, escándalos, murmuraciones, amor propio, etc. Tenemos la autoridad de Jesucristo para ordenarle que se aleje de nosotros. c) El "Jefe de este mundo" (Jn 12, 31) suele también engañar transfigurándose en ángel de luz (ver 2 Cor 11,14-15); es decir, induce a cosas buenas, distractivas o malas (regla 2.5), o al menos enflaqueciendo, inquietando o conturbando el ánimo. A Jesús le tentó usando la Palabra de Dios (ver Lc 4,1-13). Con este procedimiento es frecuente que produzca ilusiones en la voluntad (bajo apariencia de comodidad necesaria, de gusto, de honor), o en el entendimiento (llevando incluso a errores contra la fe, herejías, desobediencias). Hay dos clases de tentaciones: las que directamente nos llevan al mal, y las que indirectamente (bajo apariencia de bien) nos llevan también al mal. "No se fíen de cualquier espíritu, sino examinen si los espíritus vienen de Dios ... En esto podrán conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que no confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios. Y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios, sino del Anticristo" (1 Jn 4,1-3). Ver también las reglas: 1.1 2.4 Citas de la Escritura: G‚n 28,15; Prov 1,33; Deut 8; Tob 12,13; Jdt 8,21-24; Is 41,10; 2 Cor 12.9; Flp 4,13; Stg 1,12-15; Heb 2,18 y 12,1-13; 2 Ped 2,9; Stg 4,7; 1 Ped 2,20. (Jn 12,27) Todos podemos relatar diversas experiencias de turbaciones internas: unas veces nos sentimos animados, y otras desanimados y pesimistas. Sus efectos son diversos y contrarios también. Esta diversidad de efectos por causas análogas proviene: de ánimo; y remotamente, de Dios o del demonio. Se debe buscar primero si la causa no es meramente fisiológica o psíquica (desnutrición, fatiga, estrés, falta de sueño, excitación, etc.), pues muchas veces atribuimos inmediatamente lo que sentimos a una intervención extraordinaria de Dios o del maligno. La madurez espiritual nos va enseñando a descubrir la ación de Dios a través de la naturaleza de su criatura (cuerpo, alma y espíritu). Apuntamos algunos elementos acerca de tres grandes tipos de situación interior: consolación, desolación y tentación. |